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Ni se disguste ni se indisponga, don Pelayo

29 de Diciembre del 2012 - Luis Miguel García del Campo (San Juan de la Arena)

Hace unos días pasaba frente a la Junta General y escuche un tremendo griterío que salía desde allí: «Pelamangos, babayu, comisionista, sinvergüenza, flojo, vendido, golfo, aprovechado, caradura, falso, chupón, inútil, saqueador, oportunista, embaucador, marica, soplagaitas, tramposo, bandarra, estoribiáu, gallina, cazurru, friki, paleto, repunante, protestón, dóberman, zafio, impostor, levantador de alfombras, lagarterana, mortadelo, dinosaurio, casposu, clandestino, paracaidista».

La verdad, me asusté, y le pregunte a la conserje: «Á, fía, ¿qué pasa ahí dentro?, ¿se están peleando?». «No, no, qué va, yo creo que tán pasando lista...».

Precisa el diputado Pelayo Roces de unas ligeras observaciones mundanas.

El diputado, si es joven, suele ser inexperto; si viejo, demasiado moral. No convienen en los parlamentos ni diputados imberbes ni diputados canos. Una edad media es aquella en que al hombre se le llama nada más que hombre, es la que conviene para ejercer el cargo. Entre apotegmas de los pitagóricos se encuentra el siguiente: los jóvenes se deben instruir; los hombres, ejercer bien sus negocios; los viejos, retirarse de toda ocupación civil. Estudien los jóvenes, váyanse para casa los viejos y veamos cómo los hombres han de ejercer el negocio, para completar la tranquilidad de su vida».

El diputado, en presencia de cualquier fuerte desaguisado, no debe disgustarse. Con mostrar aparatosamente su indignación y protestar violentamente nada se adelanta. Equivaldría esto a que un médico al visitar a un enfermo y atrapar una dolencia se pusiera a dar voces, recriminando al miserable microbio que se estuviese cebando en aquel organismo. Tenga serenidad el diputado y sin aspavientos cure a la Administración de su mal. No pierda el tiempo en declamar repetidamente el peligro. Evítelo, córtelo, si es preciso con la energía del cirujano, pero con su silencio, sin que se oiga más que el suave sonido del bisturí sobre la parte cancerosa.

Tampoco debe mostrar un especial empeño en encontrar dolencias y achaques. Bueno es que cada cual fiscalice; pero entienda el diputado de buena fe que si él sólo se dedica a denunciar abusos esa constancia en las acusaciones, en vez de agradecida, le será vituperada. No faltará quien diga: ¡Buena cosa es que siempre ha de ser don Pelayo (el diputado) el que saca esos líos a relucir. ¡Además, que con tales fiscalizaciones, el diputado pierde amistades y se gana enojos, y santo y bueno es que entre todos los diputados se repartan las antipatías de los prevaricadores y sus familiares.

El pueblo no agradece nunca como debiera el sacrificio que supone cerrar los ojos y oídos a parientes y amigos con tal de velar por los intereses comunes. Es muy frecuente escuchar por ahí: pero quién le meterá en esos berenjenales.

Y menos mal, si se limitan a eso los comentarios, pues ocurre la mayor parte de las veces que aunque los cargos que se hacen a empleados, malos servidores de la Cámara, son de una clara evidencia moral, como las pruebas materiales no es fácil hallarlas, el diputado recto e íntegro corre riesgo de ser llamado calumniador.

En este país de trampa y cuchufleta hay que coger al ratón en la ratonera, y lo más gracioso es que convencido todo el mundo de que el roedor existe, se suele exclamar: Es verdad todo lo que dice el diputado, pero hay que ir sobre seguro, y no ser ligero y acusar con pruebas. De este modo viene prevaleciendo el siguiente gran principio moral: es lícito el robo, siempre que se dé maña el ladrón para que no le pesquen tras de una. ¿Cómo el diputado va a disgustarse y a ser escrupuloso y diligente en su función fiscalizadora?

Haga lo posible por que todo marche rectamente; pero no tome con gran calor el cargo, ni sea vigilante asiduo y único, que nadie le agradecerá sus trabajos, sus disgustos, y a la postre se indispondrá con multitud de familias que comen pan de la ineptitud o de la irregularidad.

Sublime y grande es el valor cívico en un pueblo que sepa medirlo. Téngalo, sí, el diputado, cuando vea masa general que le cunde. No sea pródigo de él cuando esté solo. Buena gana tienen el diputado de que al dejar el cargo le digan agradecidos vecinos: Ese en el Parlamento siempre estaba en líos, y, para rematar, no es de buen gusto saber que hay una porción de enemigos que esperan ocasión de vengarse.

Le recomiendo a don Pelayo (el diputado), con todo respeto, que lea: «El concepto de lo político», de Carl Schmitt, o «Los fundamentos de la política», de Denes Martos.

Haya salud.

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