Serenidad ante los ataques doña Belén
La mayor prenda de alteza de ánimo es la impasionabilidad. Sea impasionable. la diputada Belén Fernández. Los ignorantes son los más irascibles. Quien se enfada a menudo, a menudo no tiene razón. Y si alguna vez la tiene, la pierde con su enojo. Si algún envidiosillo le molesta, muéstrese orgullosa. Ser envidiada, es prueba de valimiento. De los indiferentes no se habla ni bien ni mal. Al fin de la jornada de la vida, más gratitud debemos a los que nos ofendieron sin razón, que a los que nos alabaron con pasión.
El vulgar dicho que las cosas hay que tomarlas como de quien viene, tiene aquí una aplicación perfecta. Decid al público: ese que trata de molestarme es fulano y el público juzgará bien de vuestro silencio, si es que calláis. Pedid siempre enemigos groseros. Ellos se encargarán de alabaros. Cuando más fuertes son las ofensas, menos daño hacen. Libre Dios a la Ddputada de enemigos inteligentes y ladinos que sepan ofender.
La diputada debe de fijarse siempre en quien le juzga. No le importen los acriminadores soeces. Quizá el vulgo en un principio se goce en tales diatribas, pero mas tarde ó mas temprano el buen juicio se impondrá y el agraviador será el agraviado con sus propias destemplanzas.
Esos tales se parecen a los que, queriendo dar un palo con mucho ímpetu, lo echan atrás, con tal furia, que se abren antes la cabeza. La diputada necesita de mucha serenidad ante los ataques. Sea dueña de sí mismo, refrene su cólera y si le acometiera alguna mala tentación, aplace un solo día lo que se haya propuesto realizar y seguramente que se reiría de su propio enojo.
Recoja en el acta de sesiones aquellas advertencias que merezcan ser recogidas, mas para aclararlas que para vituperarles. Cuando más suave sea, más fuerte será. Cuando la censura venga de un desconceptuado ó de un truhán, calle. El silencio mata.
Entienda que la mayor parte de los periodistas de baja estofa no vivirían si todos se cuidasen de no alimentarles con la réplica. Ellos quieren el escándalo. Dejadlos que griten hasta que se cansen. Sus palabras se encargan de ser sus propias mordazas.
Cuando el comentario agrio ó agri-dulce venga del periódico y periodista que merezcan éste ó aquel nombre, procure enmendarse, teniendo el valor de reconocer el propio error, si lo hubiere.
Si tiene algo que contestar, jamás recurra a la prensa. Hágalo siempre desde el escaño. Allí debe aclarar lo que allí se haya dicho. Obrar de otro modo es poco noble. Es utilizar dos armas, la del escaño y la del periódico. Cada cual tienen su fortaleza. Al periodista que no es diputad@ no le dejan hablar en el parlamento.
Por último no sea la diputada excesivamente puntillosa. Comprenda que es un servidor público y que como tal, cae bajo la opinión de todos. No le importe que le hagan injusticia alguna vez. El tiempo se encargará de repararla.
Este la diputada a las duras y las maduras. Ya que se esponje cuando le ensalcen, que se aguante cuando le acriminen. Esto de ofrecerse a la crítica próspera ó adversa siempre es enojoso. Así como no debe de tomar por elogios todos los elogios, tampoco debe ver censuras en todas las censuras (salvo la de encerrar lobos). Es preferible una censura que enseñe, a un elogio que perjudique. Ya dijo Racine entre el número de los disgustos que afligen a un poeta hay que contar aún con los elogios de los ignorantes. Aplíquese la advertencia la Consejera, cual si fuera poeta y dispensen los poetas.
Que tenga un buen día doña. Belén.
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