Educación y sociedad
Cada dos por tres aparece un artículo en prensa apuntando a la escuela con dedo acusador, tildándola de inservible y caduca; que si no se adapta a los tiempos, que si no da respuesta a las demandas de la sociedad, que si no revierte lo invertido... Generalmente todas estas opiniones se sustentan en variopintos informes y evaluaciones que se interpretan superficialmente y de cualquier manera. Llama la atención su lenguaje tremendista, su sensacionalismo demagógico, su falta de reflexión y su sobrada intención partidista.
Vamos a partir de dos verdades evidentes; ¿salimos mal parados en los informes en comparación con otros países? Sí. ¿Tenemos el mejor sistema educativo de la historia de nuestro país? También. Entonces ¿qué pasa?¿por qué tanto jaleo?¿por qué tanta mala baba derrochada? ¿por qué tanta ansia de cambio, y no de avance?
Primero, salimos mal parados en los informes porque no competimos en igualdad de condiciones. En España, según datos de la OCDE, casi el 50% de las familias está en situación de vulnerabilidad; en Finlandia, por ejemplo, un 5%. Pasa algo parecido en el deporte, que aunque se prime la meritocracia y el esfuerzo, también hay factores decisivos en el resultado (mejores coches, más dinero para invertir en los mejores jugadores). Tengamos presentes que si aplicamos la lógica de competición desigual en la educación, siempre van a ganar los mismos, como suele ocurrir en el deporte.
Por otro lado, se agitan coléricamente en el aire esos informes, mientras se pone el grito en el cielo, clamando a los cuatro vientos cuánto abandono escolar hay, cuánta mediocridad, cuánta falta de excelencia y todas las miradas se clavan en la escuela (a ser posible la pública). Claro está que a nadie le da por mirarse el ombligo, y menos a los políticos, fiel reflejo de la sociedad, de una sociedad, que ofrece constante e insistentemente de manera obsesiva y enfermiza como patrones de conducta a deportistas de élite (haciéndoles desear alcanzar metas reservadas para unos pocos) cuando no directamente caraduras simpáticos, mafiosos castizos y artistas de plástico incapaces de crear nada más allá del mimetismo. Una sociedad que no conoce, ni quiere, conocer su pasado y a la que le importa un carajo su futuro. Tenemos una sociedad que para definir su identidad se aferra obstinadamente a cuatro clichés cañís: toros, fútbol, religión y chirigota, en vez de a la grandeza de su historia artística y literaria. Tenemos una sociedad que ha fabricado artificialmente una cultura oficial autárquica que condena al ostracismo cualquier atisbo de creatividad que se salga de sus cánones.
La influencia de la sociedad en los niños españoles hoy en día es mucho mayor que la de la escuela, así que con este panorama es muy difícil conseguir esa excelencia. Milagros no se pueden hacer, porque no existen. Pretender que se dé solución a todo desde la escuela es imposible, y menos con el desprestigio continuo que sufren la institución y los docentes, que a veces sienten que están predicando en un burdel.
¿Y que hacen nuestros excelentísimos dirigentes? Trasladar el debate a lugares comunes donde el populacho pueda discutir a gusto aferrándose a sus prejuicios. Así pueden manejar tranquilamente el dinero público en función de sus intereses o, mejor dicho, de los intereses de los que los financian mientras la gente se grita en el bar. Y como ahora gobiernan al son que cantan los mercados, han decidido sustituir el modelo de equidad de sus antecesores, que aspiraba a la igualdad de oportunidades rebajando el nivel de exigencia y regalando títulos académicos, por uno que nos permita competir con el sistema esclavista chino. Así que lo que necesitamos ahora son obreros sumisos que trabajen más que chinos. Transmitir los valores y los logros de la cultura occidental, al parecer, ya no sirve de nada, o no interesa. Hay que adaptarse a los tiempos, y la pauta dice que tocan la ignorancia y la sumisión.
En definitiva, quieren devaluar el sistema educativo español. Todo lo que se pueda alegar en contra es pura charlatanería pergeñada por un profesional en la materia. Todos saben quién.
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