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Psicólogos que juegan a ser Dios

23 de Diciembre del 2012 - Ramón Suárez Díaz (El Entrego)

Como confío en la ecuanimidad de LA NUEVA ESPAÑA, supongo que este periódico me concederá la oportunidad de rebatir a los señores Esteban Greciet y Pedro Bengoechea. Ambos realizaron sendas réplicas a una carta al director que envié semanas atrás a este medio. Y como yo también quiero dar por zanjada la polémica, me gustaría puntualizar ciertas cuestiones.

Señores, con todo el respeto, lo único que reivindico es que la realidad humana, tan compleja, no se puede aislar en un laboratorio y examinar como si de un microbio se tratara. ¡No soy relativista! Creo en la rectitud moral, en los argumentos sólidos, en las leyes universales de la ciencia física, química y matemática y, sobre todo, en la libertad para que cada uno elija el modo de vivir más acorde a su temperamento y a su gusto; eso sí, sin perjudicar a los demás ni obligar a que otro acate su conducta.

Sé que no voy a cambiarles de opinión, aunque tampoco me interesa demasiado. Los prejuicios, con el paso de los años, penetran hasta en nuestro ADN y es muy difícil que personas que llevan décadas predicando que la homosexualidad puede curarse o, siendo finos, reconducirse, como si de una enfermedad se tratara, y que es un conflicto psíquico, cambien de opinión a estas alturas de la película. David Hume se murió creyendo que la raza negra era inferior intelectualmente a la blanca y Aristóteles creía que los esclavos lo eran por naturaleza, y no por eso desprecio las maravillas que dichas filosofías han aportado a la Humanidad.

Si usted, señor Bengoechea, cree que la psicología es una ciencia independiente, que opera sobre el alma como la física sobre la materia, no le voy a quitar el placer ni le voy a fastidiar las Navidades. No me voy a descoyuntar por convencerlo de que la psicología deriva de la filosofía, que la mayoría de los términos como alma, conducta o inconsciente provienen de especulaciones filosóficas y no psicológicas. Creo que eso no es lo más grave, allá cada cual. Pero no intente tergiversar lo que digo. No crea que para mí todo vale porque entraríamos en un debate muy peliagudo si empezamos a dirimir qué es la naturaleza humana o qué es el relativismo.

2 y 2 son 4 aquí y en Tegucigalpa, y el que sostenga lo contrario es un necio. En cambio, esas leyes universales que usted atribuye a la psicología son más discutibles, entran en el terreno de la deliberación y tienen resquicios incognoscibles.

Las personas que tratáis el alma humana tenéis una responsabilidad enorme, mastodóntica. Es muy útil ayudar a una persona para que salga de su sufrimiento. ¡No desprecio la psicología en ese sentido! Pero un psicólogo no puede jugar a ser Dios. Debe saber los límites de su disciplina porque, de lo contrario, reduciríamos la diversidad humana a un par de ecuaciones.

El ser humano tiene el derecho a vivir «su vida» y nadie puede vivirla por él ni entrometerse en aspectos que no le conciernen. A veces, la realidad cambia las teorías, señor Bengoechea. Imagínese que ahora un homosexual varón, por poner un ejemplo, le espetara a un heterosexual: «Soy superior a usted porque tengo la fuerza de un hombre y la inteligencia de una mujer». ¿A que le sonaría extraño y rocambolesco? ¿A que le ofendería? Pues lo otro también, señor Bengoechea. No es un conflicto psíquico ni una enfermedad que una persona elija voluntariamente a otra para compartir su intimidad. ¡Si hasta la monarquía ya no es de sangre azul! Pero, bueno, tendrán que transcurrir más años para que se acepte y tolere el derecho individual a la felicidad.

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