A Mensajeros de la Paz
Hace siete años mi familia y yo nos enfrentamos a una de las decisiones más duras de nuestra vida, ingresar a mi padre, enfermo de alzheimer, en una residencia.
Solicitamos una plaza pública en el ERA, en aquel tiempo no disponían de ninguna plaza en Oviedo y nos hablaron de la residencia pública de Noreña, gestionada por Mensajeros de la Paz y que tras una ampliación disponía de plazas. Nos dieron buenas referencias, tanto del lugar como de la persona que por aquel entonces dirigía el centro.
No se equivocaron, tanto mi madre como yo en la primera visita supimos que aquel iba a ser nuestro sitio. Encontramos «una luz», esa luz que haciendo honor a su nombre nos ayudó a salir de la oscuridad que rodea a quienes convivimos muchos años con el alzheimer.
En Noreña aprendí a ver la enfermedad de mi padre de otra manera.
Me costó comprender cómo en un medio que yo imaginaba tan hostil (rodeado de tristezas y enfermedades) se podía conseguir una normalización tal de la vida cotidiana, hasta el punto de llegar a convertirse en un segundo hogar, no sólo para mi padre, sino también para mí.
Encontramos un lugar cálido, alegre, despierto y sobre todo familiar donde la accesibilidad y transparencia emanaba desde la propia dirección del centro hasta el resto de los/as trabajadores del centro.
Hace dos años diversas circunstancias nos llevaron a mi familia y a mí a solicitar el traslado de mi padre a una residencia también pública y que recientemente habían construido al lado de nuestra casa. Ganamos con la comodidad de no tener que desplazarnos y disponer de más tiempo para dedicar a mi padre pero perdimos la sensación de accesibilidad, confianza y bienestar que encontramos en Noreña.
Nos queda el consuelo de haber acompañado a mi padre hasta el final y que lo último que vieron sus ojos (falleció hace pocos meses) fue a su familia.
Me quedan imborrables recuerdos de Noreña, como: los corrillos que montábamos con Beni, Ibelise, Chema, José, Ana y Flor y con no pocos residentes que seguían atentos nuestras risas y conversaciones, qué gran familia formábamos; las fiestas y los domingos, donde algo tan simple como un poco de vino en la mesa y un trozo de tarta casera que con tanto mimo hacía la cocinera servían para despertar a mi padre de su mundo y recordar en su mirada y sonrisa pícara al padre de antes. Regresaba a mi casa feliz porque veía a mi padre sin ocultismos y puertas cerradas.
Por todo ello nunca estaré lo suficientemente agradecida a quien puso en mi camino a la Residencia Noreña, a Mensajeros de la Paz y a su persona de referencia, «mi Luz», que nunca olvidaré y que donde quiera que vaya brillará con luz propia.
Al padre Ángel le pido que cuide de esas luces que tiene en los centros, como la que yo conocí, que tanto dan y tan poco reciben, que las/los ponga como ejemplo a las nuevas generaciones entrantes y venideras de ese saber hacer, saber ser y estar, con grandes dosis de humildad y voluntad de servicio como yo encontré un día en Noreña y no volví a encontrar.
Muchas gracias a Mensajeros de la Paz y que por muchos años, padre Ángel, lleve ese mensaje por donde quiera que vaya. Quienes se vean obligados, como yo, a dejar algún día a quien más quieren en sus manos se lo agradecerán de por vida.
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