Pericles
Pericles (499-429 a. C.) convirtió Atenas en la ciudad más bella de la Antigüedad. El Partenón fue su obra maestra.
Caía la tarde. Un viento apacible agitaba las hojas muertas del otoño sobre los jardines del Partenón. Séneca, con profundo recogimiento, sentado en un banco de mármol blanco, contemplaba la belleza del templo que Pericles había levantado, ahora al cuidado de Atenea, protectora de los emprendedores en las artes y los oficios. Hasta allí se acercó Pericles para una vez más abstraerse con su obra maestra. Vio a Séneca en la distancia y fue a su encuentro. Después de un entrañable y afectuoso saludo, ambos se sentaron. El crepúsculo ponía melancolía en la hora decadente del día. En la mente de Pericles los recuerdos se agolpaban contemplando tanta maravilla por él creada. Rompió a hablar. Había amargura en sus palabras por la incomprensión mostrada por personas que no se habían rendido ante su inefable mérito. De su garganta salieron estas reflexiones. Séneca le escuchaba en silencio.
«Hubo dos emisarios del Gobierno asturiense que se dedicaron a poner trabas en mi creación, argumentando mi falta de docilidad y obediencia, tratando de humillarme con una guerra absurda propia de personas con una visión demasiado raquítica pero, eso sí, políticamente correcta, cuando yo, dilecto amigo, solo pude concitar admiración y asombro por mi notable triunfo y he sido premiado a todos los niveles por mi enorme valía aquí reflejada: el Partenón. Yo, que he dejado parte de mi vida en él. Yo, que doy conferencias por todo el mundo. Yo, que trabajé jornadas sin percibir un dracma. Yo, que pertenezco a varios foros llamado por mi prestigio. Yo, que podría haber sido una especie de embajador de importantes cosas...».
«Sapiente amigo Pericles», interrumpió Séneca, «tu humildad, tu modestia son virtudes que te ennoblecen. En el mundo hay seres malvados. Para ellos representaba un peligro que el Partenón y tú traspasaseis vuestra fama y que ésta se difundiera por los confines de la tierra. Fustígalos con el látigo de tu indiferencia. Son unos perversos. La calumnia siempre se ensaña con el mejor. Solo quisieron ver en ti un personalismo exacerbado y te compararon con Rufo, maestro en obtener más premios que una tómbola. ¡Hacerte eso a ti. Tú, que ciñes en tus sienes el laurel de la gloria!».
La nostalgia, la melancolía, los recuerdos se agolpaban en su mente. Pericles siguió hablando: «Todo empezó hace dos décadas y un lustro. Convertí unas ruinas sobre un terreno baldío en un espacio tan bello como la construcción del Partenón para que generaciones venideras, amantes de las artes y los oficios, pudieran emprender una actividad que los encauzaran en el discurrir de la vida». «Desarrollé mi trabajo», decía Pericles, «hasta el último día renunciando a dos mensualidades de asueto. Cuando alcance el tiempo de mi vida pasiva, que la edad me había impuesto, estuve veintiocho jornadas yendo al templo desinteresadamente después de mi retiro, pero Atenea, la nueva guardiana, me impidió seguir un período más largo; ya tenía el espacio que fue de mi pertenencia reservado para otro egregio integrante del nuevo foro constituido». «No aceptó», recordaba con amargura, «la tutela que yo podía ejercer; me invitó a irme. Yo sólo quería seguir dedicando mi docta sabiduría, mis sabios conocimientos para engrandecimiento de progenies futuras, pero no me dejaron. Ahora el Partenón perderá la oportunidad de ser más conocido en el mundo».
«To fuck», dijo Séneca en inglés (idioma que aún no se había inventado). «Pericles, te has pasao. Tú sabes muy bien que todos los sapientísimos colegas del Foro al día siguiente de pasar a la vida inactiva se fueron a casa. No estuvieron veintiocho jornadas dando el “coñazo”. No se puede estar en un puesto donde Atenea tenía que acomodar a la persona perteneciente a la nueva asamblea constituida. Pericles, sapientísimo colega, lo siento, compréndelo, acéptalo, tu tiempo ha caducado. Querido amigo, nos estamos haciendo viejos. Nuestra visión esclerotizada de la sociedad hoy no tiene sitio. Sé que es duro, dilecto maestro. Tanto es así, que algunos colegas no lo pudieron asumir y se tomaron un vasito de cicuta en ayunas, y otros dudaron entre cortarse las venas o dejárselas crecer. Tú, ya sabes, sapiente amigo, que el “soufflé” no sube dos veces».
Afligido, cariacontecido, perplejo, Pericles miró a Séneca a los ojos y con gran tristeza exclamó: «¡Sálvame!».
Séneca, que era cordobés y tenía mucha coña marinera, le dijo: «Ah, no. Ahí no me meto yo. En este caso es mejor que hables con Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban.
Gonzalo Fernández Laso («Llanes»), Langreo
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