Como manzanilla en rama
Abro la ventana del salón. Es mediodía y, sin embargo, las nubes, somnolientas, inyectan una tristeza que dibuja un horizonte prematuramente envejecido. Cojo una libreta y un lápiz «Staedtler» del número dos y leo «made in Germany». Comienza a llover y escribo.
«En continuo desorden, con zarandeo convulso. Izquierda, derecha, sin compás alguno».
Entonces aparece ella y mi estado emocional se desdice como un niño de tres años, «Veinte de diciembre, soleado. Otoño, pensé que era verano».
Rosa se agita por el salón, como un destello, recordándome que la felicidad es tan fugaz como sus movimientos. Cuando se centra clava sus pupilas en las mías y me pregunta ¿y por qué no desahucian las lágrimas?
Rosa tiene la costumbre de marcar, con una mueca desviada hacia la derecha, a todos los políticos que permiten que tantas cosas malas de este mundo pasen sin mover un dedo.
No es justo, masculla segundos antes de enfilar el camino hacia un pasillo que lleva a la ponzoña. No es justo que ellos vivan en una canícula de agosto a costa del resto. Fran, me dice, no es justo ver cómo el vecino del tercero de despierta pensando que la única manera de sobrevivir es suicidándose. No, no es justo, repite entrando en el ascensor mientras se acomoda alrededor de la garganta un fular que ensalza su gesto airado. Y así, en medio de la nada, surge ella recordándome que si la belleza no fuera nudista se vestiría de Sandra y no de Prada. Cruza el salón paseándose en pijama mientras acuna en sus brazos un gato, de color porcelana blanca y desliza una sonrisa que me miente haciéndome pensar que todo marcha bien. Súbitamente la cambia.
–¿Has leído la prensa? –me pregunta limitando su sonrisa y encogiéndose de hombros.
Tiene razón mamá al decir que la gente se suicida para poder vivir.
Sandra suele dormir con un pijama decapado de impurezas y, al despertarse, se exige pensar que la Luna se ha sacudido las legañas con su mismo brío.
Una noche, que nos encargamos de bañar con unas copas de más, me juró que un mundo justo era posible alegando que el hastío no es perenne. Yo desvié la mirada y respondí: «Te quiero porque eres indisoluble». Ella rio, creo que por hacerme feliz, y yo me contenté con eso.
¡Chiiist! Ahí viene Sora, puedo escuchar sus largos y finos tacones engendrando un eco perfumado que sólo ella puede producir. Soraya me recuerda al coño de la Bernarda por su desorden político y por su antojo de replantearse la edad anualmente. Cuando escucha hablar de la muerte se tapa los oídos, sistemáticamente, y entona «habla cucurucho, que no te escucho», cerrando la puerta de casa con llave para que ésta no entre. Así es Soraya, una Drama Queen, con zapatillas de andar por casa, que reparte carcajadas cuando merodea a tu alrededor y se come la tristeza, no sin antes hacerse con su falda, con un apetito voraz.
Éstas son las mujeres de mi vida: tan simples como complicadas, tan reales como el suspiro, tan jóvenes como ellas quieran. Como manzanilla en rama.
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