El hombre que hizo llorar a los pájaros (in memóriam, Francisco de Miguel)
Cuando conocí a Paco, yo era tan pequeño que no podría situar el momento en el tiempo, pero sí recuerdo que era esa persona cálida y agradable que hacía sentir bien a los que había alrededor. Hay personas que animan a todos los que están a su lado, que fomentan amistades, que unen, con las que a uno siempre le gustaría estar. Y lo que sí recuerdo muy bien es que uno de los grandes partícipes de esa buena amistad era mi padre, con el que le unió un afecto difícilmente descriptible, pero que es de los que jamás se olvidan.
Eran los últimos setenta y, por circunstancias de la vida, mezcladas con la fuerte amistad de unos chavalines del cole, se forjó un grupo de amigos con lazos inusuales, como una segunda gran familia. Desde los tiempos del canódromo hasta los tiempos del Cristo, un grupo formado en aquella época por treintañeros con hijos se dio cuenta de que, como decía Bogart en Casablanca, aquello era el principio de una gran amistad.
A partir de ahí llegaron las risas, los viajes, las comidas, las cenas, los problemas, las soluciones, los cambios, los hijos que se hacen mayores y tantas y tantas cosas que todo ese grupo vivió junto. En el recuerdo de todos quedarán aquel viaje a Italia, el «viva la gente» que compuso con Mario, el partido de fútbol que jugamos en Venecia en aquel viaje, los veranos en Veguellina, las salidas a por setas con el Gilber senior, partidos de fútbol del Sporting, el viaje a la Bretaña francesa, el fumetu.
Mirándolo ahora en la distancia, me emocionó mucho ver a todo aquel grupo de jóvenes, ahora ya jubilados, haciendo la piña que siempre fueron para estar ahí, acompañando a su viejo amigo antes de que él partiera para su último viaje.
Porque Paco siempre fue, ante todo, un amigo. Ameno como pocos, nunca le faltó una mirada moderna al mundo de los jóvenes, habiendo visto pasar a muchas generaciones de ellos por sus manos cuando eran niños.
Fiel al estilo campechano y noble de vivir de la gente de los pueblos de Asturias, cultivó la modestia y el compañerismo en todos los ámbitos de su vida, tanto en el profesional como en el personal. Y aunque fuera modesto, todos supimos siempre que él era un grande. Nunca le faltó una palabra de apoyo y de ánimo a la gente que lo necesitaba, y, dotado de un optimismo natural, siempre se apuntó el primero a quitar importancia a los problemas, siguiendo los consejos de otro gran amigo, que decía que siempre hay que bailar todas las canciones antes de que se vayan los músicos.
Pero si algo me quedará siempre marcado de Paco son dos cosas por las que lo admiramos. La primera eran las inquietudes y aficiones, a las que se entregaba con pasión, como la escritura, las setas o sus muy amados pájaros. Y la segunda, su fenomenal sentido del humor (aún recuerdo la famosa historia de las gomas y aquel viaje a Alemania), que siempre llenó de alegría a los que le rodearon, y que yo fui testigo de que nunca, ni ante los peores momentos, perdió.
Por todo esto, y por lo menos en nombre de la segunda generación de amigos de aquel gran grupo, y en nombre también de mi familia, gracias por todo lo que vivimos contigo, doctor. Todos te vamos a echar mucho de menos.
Y seguro que desde allá donde estés, si te fijas bien, verás que hasta los pájaros del Vallín ya te están echando de menos. Y aunque no te lo creas, seguro que hasta algún pajarillo habrá llorado hoy. Adiós, amigo, hasta siempre.
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