Al César...

28 de Enero del 2013 - José María Jesús González (Madrid)

No nos vayamos por la demagogia facilona, ni nos busquemos las cosquillas. Con el hambre no se juega, ni podemos juzgar ni prejuzgar a nuestro aire a personas, también de este mundo, que sólo cuentan, y es mucho, con la fortaleza de su vocación y hacen algo, mucho o muchísimo por remediar, desde la caridad cristiana (Europa lo fue, antes de serlo menos), una considerable parte del hambre que vive cerca de nosotros y no siempre queremos ver, convirtiéndola así circunstancial, ajena y anónima, tal que no fuera con nosotros.

De no ser por el trabajo de los voluntarios, por la generosa entrega de «monjitas» y «curitas», miles de personas estarían pasando hambre en esta solidaria, dichosa y también desdichada España.

Largas filas se forman en los comedores de caridad con la esperanza de poder entrar en alguno de los turnos. No les preguntan allí cuáles son las causas, las razones por las cuales se encuentran en semejante situación. Les ofrecen lo mejor que tienen, aquello que han conseguido merced a la generosidad de muchos y a ese impagable trabajo que realizan sin descanso y a cualquier hora del día o de la noche.

Si así lo desean pueden ustedes ver con sus propios ojos cómo también las monjas recogen productos que les han ofrecido y son transportados en furgones que ellas conducen sin reparar en esfuerzos ni horarios. No hay tiempo que perder cuando el hambre llama a sus puertas. Puertas que no pueden ni deben cerrarse, no pueden decir aquello de «Dios le ampare» ni dejar para el día siguiente la necesidad de hoy.

Lujosas vías urbanas ven, acaso sin sorpresa, esa otra realidad de nuestro tiempo, el reflejo de la desigual fortuna que la vida se saca de la manga y la pone allí, ante nuestros ojos, deseosos, sin duda, de contemplar mejores condiciones de prosperidad por encima de una evidencia que también es de este mundo.

De no ser por la generosidad compartida, terrena y de altas miras, vocacional, sin tiempo para el análisis, de muchísimas monjas y no pocos curas, todas las batallas para combatir el hambre terminarían en derrota. ¿Remedio? Difícil pero posible. Quienes tenemos algunos años sabemos y tememos mucho de esto. Paciencia y barajar, sin caer en soluciones «fáciles» ni pasos atrás que pudieran eternizar el drama.

Fuimos nenus y chindiamos vaques...

José María Jesús González, Madrid

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