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«In memoriam»: Demetrio el de la farmacia

28 de Febrero del 2013 - Jorge A. Sánchez Migoya (Lugones)

Con el fallecimiento de Demetrio Giraldo (Demetrio el de la farmacia) nos desaparece otro de los personajes imprescindibles de la intrahistoria de Lugones del último lustro.

Sin lugar a dudas, Demetrio ha sido el principal confidente y asesor del mayor número de personas de Lugones y de todo su entorno. Fueron muchos años de fácil accesibilidad tras el mostrador de la que fue la única farmacia del pueblo durante tantos años.

Siendo adolescente ya empezó a prestar sus servicios en la farmacia del señor Campón y en ella siguió cuando la adquirió doña Pilar G. Rasa. Toda una vida de mañanas y tardes tras el mostrador: dispensando, escuchando, asesorando, administrando tratamientos...

Para una gran parte de los habitantes de Lugones y de su entorno, la opinión de Demetrio prevalecía sobre la de cualquier médico por prestigioso que fuese, y hasta no contar con su aprobación eran muchos los que no iniciaban el tratamiento de sus enfermedades.

Entre «puede dar una reacción cruzada», que era una frase que utilizaba con frecuencia, o «esto lleva cortisona, hay que tener mucho cuidado», era suficiente para que el paciente renunciase en muchas ocasiones al tratamiento prescrito por el médico. Bien es verdad que pocos como él habían seguido la evolución día tras día de miles de tratamientos, conociendo de forma personalizada los efectos secundarios, las reacciones adversas, etcétera.

Durante muchos años fue el administrador de la mayor parte de las inyecciones que se pusieron en un amplio entorno que abarcaba Cenero, Picún, Puga, La Barganiza, La Belga, Bobes, Viella, La Corredoria y muchos pueblos de Llanera. A todos los sitios llegaba en unas épocas en las que los tratamientos con inyectables eran muy frecuentes y muchas personas demandaban que se los inyectasen en sus domicilios. Muchos niños sólo se dejaban «pinchar» por él como mal menor, y para otros representaba la encarnación del terror. No olvidemos que las acucilinas, bencetaciles, etcétera, eran muy dolorosas y hasta hace unos treinta años lo habitual era emplear agujas no desechables, que en muchos casos se usaban durante varias generaciones e incluso se compartía su uso con los animales de la casa.

Primero en bicicleta, luego en moto y posteriormente en automóvil, llegaba día tras día el infatigable Demetrio hasta la casería más remota y en las peores condiciones climatológicas para inyectar a los enfermos que requerían sus servicios. Y durante el horario de apertura de la farmacia era continuo el desfile de personas para que les pusiese las inyecciones. Su imagen con la bata abotonada por detrás, el cigarrillo en una mano y la jeringa en la otra perdurará durante muchos años en la memoria de tantos lugoneses.

Demetrio era el mejor conocedor de la vida oculta y secreta de muchos cientos de habitantes de la zona, que confiaban en su confidencialidad. Eran muchos los que utilizando un lenguaje encriptado, verbal o gestual le solicitaban determinados objetos o medicamentos que no se atrevían a pedir en público y que él les suministraba con total discreción.

A lo largo de más de treinta años pude comprobar el afecto y el agradecimiento que le profesaba la gran mayoría de vecinos de estos contornos. Con su muerte, se lleva para el otro mundo el más completo archivo sociológico de este pueblo. Descanse en paz.

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