La tormenta

16 de Febrero del 2013 - Javier Roces (Pola de Siero)

Las recientes lluvias intensas me han hecho evocar recuerdos de mi infancia, transcurrida en una localidad de un valle minero, donde vivíamos en una casona entre el río Nalón y las líneas del ferrocarril. En aquellos tiempos no se conocían las previsiones climatológicas, ni había servicios de Protección Civil, por lo que te enterabas de que había temporal justo cuando llegaba. Las tormentas venían precedidas de grandes detonaciones y resplandores, a menudo acompañadas de enérgicos vientos que azotaban las ventanas de madera y se colaban por las inevitables rendijas, desbarataban los enclenques tejados de pizarra y abatían las aún escasas antenas receptoras de aquella primera televisión VHF. Tal parecía que el cielo se venía abajo. Las precipitaciones posteriores, bien en forma de lluvia, granizo o nieve, inevitablemente traían como consecuencia una transformación de la fisonomía del paisaje, y también de los hábitos y el quehacer diario. Aún no había embalses que permitieran la mínima regulación del caudal del río, con lo cual éste era directamente proporcional al volumen de las precipitaciones, así que eran habituales las crecidas y las inundaciones, y las, a veces, dramáticas riadas, que se llevaban por delante árboles, enseres, animales y toneladas de basura y maleza, que dejaban daños muy costosos y difíciles de reparar. Los escasos transportes públicos quedaban suspendidos, y el corte de las precarias infraestructuras hacía imposible la movilidad para asistir a las clases e incluso al trabajo de los adultos. Las minas contaban con barracones en los que los trabajadores podían quedar alojados hasta que pasara el temporal. Era frecuente que las comunicaciones telefónicas, necesariamente por cable aéreo, también fueran interrumpidas. Durante días se paralizaba el reparto diario del pan y la leche, que normalmente se hacía con carros tirados por caballos, y se solía producir el desabastecimiento de muchas familias, ya que, por una parte, la menesterosa situación económica, rayana muchas veces en la indigencia, y, por otra, la inexistencia de los electrodomésticos que permitieran la debida conservación, no permitían el acopio de alimentos de primera necesidad. Las grandes nevadas tenían ese efecto pernicioso de la incomunicación, pero al menos nos dejaban disfrutar de sus atractivos, jugando a tirarnos bolas, construyendo muñecos o deslizándonos por las pendientes sobre sacos de tela.

Hoy los temporales siguen produciendo caos en los tráficos aéreo, marítimo, ferroviario y por carretera; siguen provocando inundaciones, desprendimientos y derrumbe de infraestructuras, causando miles y miles de muertos y heridos, dejando sin electricidad y telecomunicaciones a millones de personas. Y tenemos que preguntarnos qué falla para que esto suceda en estos tiempos de altas tecnologías, de agencias estatales de meteorología, de direcciones generales de Protección Civil, de especialistas en riesgos y emergencias, de medios sofisticados aéreos y terrestres. Y también tenemos que averiguar las razones por las que se sigue urbanizando en las ramblas de los ríos, se siguen proyectando carreteras que obstaculizan el normal discurrir de los torrentes, se sigue ganando terreno al mar con fines poco justificables, se siguen destruyendo zonas verdes para cedérselo al cemento, y tenemos que concluir que o bien nos falta inteligencia o nos sobra ambición, o ambas cosas, pero no debemos sorprendernos ante una naturaleza que, de vez en cuando, viene a reivindicar lo suyo, lo que los depredadores le hemos cruelmente arrebatado.

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