El absentismo de los empleados públicos no es exceso de absenta
Según la noticia publicada en LA NUEVA ESPAÑA e1 día 14 de enero la tasa de absentismo de los empleados públicos ha descendido en los cuatro últimos años, equiparándose en la actualidad a la de la empresa privada.
A tenor de esta noticia, creo que todos debemos felicitarnos. Se habla de que la tendencia se inició hace cuatro años, al principio de la crisis. Cuando unos hablaban de brotes verdes y otros de la poca confianza de los mercados, los empleados públicos, sin medidas impuestas, sin recortes, aplicamos nuestra propia integridad profesional y renunciamos a permisos recogidos en convenio pactado con nuestro patrón. Absentismo no es abandono injustificado del puesto de trabajo. Muy al contrario es no acudir al puesto de trabajo por causa justificada o por licencia médica. El abandono del puesto de trabajo es sancionable, el absentismo no.
Cualquier estudio riguroso que analice las causas que están en el origen del absentismo laboral coincide en señalar que éste aumenta con las condiciones laborales poco favorables: mayor carga de trabajo, bajos salarios, falta de reconocimiento, escasa capacidad de decisión... y estos males acompañan a los empleados públicos históricamente.
Una parte de la empresa privada, consciente de esto y siempre preocupada por reducir los índices de absentismo, desde hace años orienta sus políticas de recursos humanos hacia la motivación de sus trabajadores y conseguir la máxima satisfacción en el desempeño profesional. Otra parte simplemente no consiente la menor desviación productiva, lo cual no siempre es un valor positivo.
No deja, por tanto, de sorprender que cuanto más sobrecarga de trabajo tienen algunos empleados públicos derivada de la supresión de puestos y reducción de sustituciones, cuanto menos salario se percibe, más se reducen los derechos y menos capacidad de reconocimiento y de decisión se tiene, disminuya la tasa de absentismo de dichos empleados.
Tampoco se podría explicar por el temor a los ERE. A estas alturas nadie es tan ingenuo como para pensar que las medidas que se toman, que, no olvidemos, las toman los políticos, no obedecen a criterios de gestión eficiente. Ellos no personalizan, ni analizan. Sus decisiones obedecen a otros intereses y pasan siempre por el método de la «tabula rasa».
Por tanto, habrá que buscar en otra parte los motivos de la reducción del absentismo. Y sólo se nos ocurre que fue la propia disposición de los funcionarios, de los médicos, de los maestros y de todo el colectivo de los trabajadores públicos, que primaron su responsabilidad profesional a las prebendas personales.
Finalmente, para atajar la tentación que puedan tener algunos malpensados sobre el tópico de que los funcionarios no cumplen con sus obligaciones es necesario añadir, volver a añadir, que cualquier ciudadano mire a su alrededor; no podría siquiera concebir la vida cotidiana sin el respaldo de lo público, y ello demuestra que son más, muchos más, la generalidad, los que sí cumplen con su tarea asignada que quienes no lo hacen.
Es peligrosa la tendencia a encasillar y menospreciar otras profesiones, ya que todos somos observados.
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