San Silvestre asilvestrado
Tras haber leído las cartas publicadas en este periódico los días 2 y 7 de enero del año en curso; la primera por doña Gabriela Majada de la Puente, «San Silvestre peligrosa» y la segunda, por don Germán Nuño Cervero, «Lo importante nunca ha sido participar», ambos de Oviedo, no me han faltado arrestos dado mi talante cultural y deportivo fundado en aquel antiguo principio de «mens sana in corpore sano», y tomando en mi vida y desde siempre a esta parte a los antiguos griegos, a los que considero como los mejores atletas que han pisado la tierra, como mis maestros y principal punto de referencia; aún ahora, aceptando el desagravio y pesar sufridos por estas voces, hoy en alto, no he podido por evidentes y veraces principios del honor, el acto de responder «ipso facto» bajo el pleno convencimiento de aserción absoluta y concordante, de las experiencias vividas por esas personas «ipso iure», denunciadas. Hace muchos años que no suelo participar en semejantes actos multitudinarios, faltos de contenido y de forma que no sea aquel de los intereses económicos, etcétera..., fruto de la manipulación aborregada de las masas; y que nada tienen que ver con la idea del deporte, entendido como armonía entre lo físico y lo espiritual, de cuya armonía es una consecuencia natural la salud. Me limitaré a contar brevemente los sucesos acaecidos hace ya largos años: en un cross popular organizado por aquel entonces por «Empieza Corriendo», quedé ganador absoluto (trofeo Ayuntamiento de Oviedo, Fundación Pública Deportiva Municipal, AA VV Clarín. Semana Cultural. Cross Popular. 15 junio 1986): cuando asistí al punto de encuentro en el Carlos Tartiere, me encontré junto a una puerta de acceso a los organizadores junto a cajas de sidra que se hallaban escanciando para ofrecer a los participantes antes del comienzo «deportivo». Entonces yo desconocía la bellaquería del porqué de tal vil invitación y ustedes hoy podrán imaginar tal rufianería. Uno de aquellos organizadores me anima antes de la carrera con el «bebe un culín de sidra, hombre». Todo estaba amañado. «Para más inri», durante la competición, ellos, desde un coche, animaban a los dos hermanos gemelos que tenían que ganar, y entre los que yo me encontraba durante la prueba, al final, el que tenía mi delantera se equivocó al parar en meta cuando aún faltaba una vuelta para completar el ciclo; yo incluso esperé a que reaccionara para darle la ventaja que me ganaba / por mi honor (15 metros aproximadamente), pero atendiendo al estado de agotamiento absoluto del contrincante opté por correr adelantándole mucho terreno; cuando a mitad de meta, uno de los organizadores me increpa «déjate ganar, déjate ganar», yo que no daba crédito, y me acuerdo como si ahora me estuviese sucediendo, casi me lo pienso, pero mi actitud fue la de seguir con mi esfuerzo. Ganancias: ganador absoluto de la carrerita, una copa y al orinar sangre a consecuencia de una hematuria de esfuerzo en el deporte, que me fue diagnosticada en el Servicio de Urgencias; pues yo no estaba suficientemente entrenado y mi calzado inapropiado eran unas simples e irrisorias zapatillas que aún conservo de recuerdo. Con la San Silvestre, qué contar; en una ocasión que me situé al comienzo de la salida, los organizadores echaban a la gente detrás de la cinta, con la picaresca de situar a los presuntos ganadores al comienzo de salida. Cuando comencé a correr era tal la masa de gente que me rodeaba por completo que yo andaba a paso de tortuga sin poder medirme en la competición. Todo este indigno proceder es tan harto asqueroso que yo ahora al recordarlo para escribir se me forma como un nudo en la garganta que me impide tragar saliva y me rebullen las tripas con molestia incluida en cataplines ante tanta repugnancia «deportiva». Califique ahora el paciente lector tales vivencias y discurra puntuación.
Después de muchos años, comprobé que sin querer se puede ser el mejor o estar entre los mejores en muchas cosas que no te has propuesto en tu vida y que es muchísimo más importante ser competente que competitivo. Siempre mi filosofía del deporte se fundó en la gimnasia natural sin aparatos ni gimnasios, es decir, al aire libre en el entorno natural de los campos o sierras y libre de ataduras; éste es el deporte que se hace para uno mismo tal como predicaron los viejos maestros como J. B. Olavarrieta en «La salud por el ejercicio», J. P. Muler en «Mi sistema», el Dr. Vander, R. Trachet, F.-Trapiella, Dr. Monteuuis, de Niza, Arnold Rikli, fundador de la moderna cura de sol y aire, y otros muchos hombres fuertes y sanos de antaño. Moraleja: Sigan el ejemplo de sus doctrinas y aquel principio impuesto por Dessonville de que «la voluntad es el mejor aparato de gimnasia». Les invito a que hagan deporte natural al aire libre sin olvido del deporte intelectual, el afán de cultivarse como personas, al mismo tiempo de animarles a ser protagonistas de ustedes mismos y héroes anónimos en contraposición a esas vividoras cucarachas. El fuerte tiene el deber ético y moral de ayudar al desfavorecido. Aceptar tales desafíos pone a prueba la auténtica esencia del deporte y buen hacer. Suerte.
Enrique Burguet Fuentes
Oviedo
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