Vivo en un país...
Vivo en un país patas arriba, en medio de una democracia zarandeada por la avaricia. Vivo en un país que pasó del burro al coche de alta gama en un tiempo lo suficientemente corto como para que cualquiera con dos dedos de suspicacia hubiera podido poner en duda tanta opulencia. Vivo en un país en el que cada vez queda menos gente de mi generación que, cansada de este páramo laboral, emigra con sus diplomas bajo el brazo a hacerle los deberes a países como Alemania o Reino Unido, que todavía ofrecen por un título algo más de quinientos euros al mes. Vivo en un país de gente resignada que, en muchos casos, prefiere la anestésica ignorancia al demoledor conocimiento de la realidad que le ha tocado vivir, un país de estafadores y estafados, de incultos que ocupan cargos por obra y dedo de algún sátrapa de rango superior a quien hemos dejado creer que había nacido con alguna suerte de impunidad divina. Vivo en un país en el que los verdaderos ladrones viven y reinan a este lado de las rejas, indemnes ante la desaparición o el desvío de millones de euros a costa de todos los contribuyentes. Un país donde se permite que un militante del partido que gobierna acapare varios puestos de trabajo con sus correspondientes sueldos, habiendo en España casi seis millones de parados.
Vivo en un país donde la política se limita al insulto y al menosprecio de lo que hace el contrario, un país donde los periodistas rigurosos son destituidos de su cargo en función del partido que gobierna, que todavía tiene el valor de indignarse cuando la Unión Europea nos compara con Rumanía o Ucrania en lo que a transparencia y objetividad periodísticas se refiere. Vivo en un país en uno de cuyos principales hospitales vi abortar a una chica por inoperancia del personal de guardia, un país que se levanta con malas noticias y se acuesta con el alma herida. Vivo en un país cuyos políticos siguen pensando que la educación pública es un mero experimento con jugosos réditos electorales, un país de usureros y bandidos que huyen a Suiza con sus sucios millones bajo el brazo, mientras las entidades bancarias dejan sin casa y sin ahorros a cientos de miles de familias desinformadas. Vivo en un país donde se puede ser concejal de Cultura con un título de Bachillerato y donde no se encuentra trabajo con un máster en Biología. Un país donde la generación que más ha luchado tiene que mantener hoy a sus hijos y a sus nietos estirando una jubilación ridícula.
Vivo en un país donde el derroche parece ser una marca nacional, donde alcaldes y presidentes megalómanos ordenaron construir aeropuertos vacíos, como rindiendo un homenaje estúpido a su propia inteligencia. Vivo en un país al que parecen haberle robado también el sentido crítico que algún día tuvo, un país plano, cansado de cargar con sus problemas y con los que genera la anodina clase política. Vivo en un país donde los ex cargos políticos tienen derecho a un sueldo vitalicio y donde los bancos cuentan más que las personas que depositan dentro sus ahorros. Un país donde la clase política se permite hacer los desfalcos que hace y tomar las (des)medidas que toma porque sus hijos no estudian en los colegios públicos y sus enfermedades no se curan sólo en los hospitales estatales. Vivo en un país donde prima la cultura de Las Vegas, un país prostituido a la baja al mejor impostor que llega, con sus delirios de grandeza, a montar un imperio que no necesitamos. Vivo en un país de campo abandonado, de patrimonio perdido en pro de modernos edificios mal construidos y, a menudo, inútiles.
Vivo en medio de una vorágine de desgracias económicas y sociales que forman una espiral desesperada en la que me resisto a caer. Vivo en este país después de diez años fuera de sus fronteras, y me niego a dejar que me empujen a la depresión con sus primas de riesgo, sus desfalcos, su corrupción y sus mentiras. No me importa lo que tengan que decirme: yo ya me cansé de asistir a este espectáculo patético día tras día, de ver cómo los mediocres que nos gobiernan atentan contra la inteligencia de los ciudadanos. Este sistema está enfermo, nos han fallado los cálculos: olvidamos contar con tanto ladrón entre nuestras filas. Necesitamos cambiar de rumbo y buscar una nueva forma de coexistencia social, para lo cual se necesitan mentes jóvenes bien preparadas... Y éstas ya están poniendo sus ideas al servicio de países más serios.
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