Sobrevivir en recesión
Más de cinco años de recesión hacen que aunque la crisis financiera suela monopolizar los titulares de los medios de comunicación, la economía real, la que se vive todos los días, está hecha unos zorros.
Esta crisis está arrasando a la clase media y eso, además de muy lamentable, es terrible.
Son casi seis millones de personas las que figuran en las listas del paro. Pero, además, otro número incalculable ha perdido poder adquisitivo porque, aún conservando el empleo, su salario no ha sido actualizado. Asimismo, otro porcentaje no desdeñable ha visto reducir su nómina debido a un recorte directo. Y para más inri, una gran mayoría de ciudadanos vive en la incertidumbre sabiendo que su puesto de trabajo corre peligro.
El desasosiego pues alcanza a un elevadísimo número de compatriotas y no solo a los que están empleados, sino también a sus empleadores. Hoy en día, nadie garantiza nada, tampoco a una empresa.
La reacción lógica ante este panorama es la contención de gastos, incluso en el caso de que haya disponibilidad y posibles para el consumo. Por eso, las previsiones apuntan a que en este 2013 todo va a caer más que en el pasado año. Vivimos en un escenario nuevo en el que los parámetros han cambiado de una forma radical y generan demasiada desconfianza. Todo está en crisis: la banca, las grandes empresas, las medianas y los pequeños comercios de barrio (los que aún siguen abiertos), incluso los empleados de las empresas públicas ven cómo bajan sus ingresos y en muchos casos hay quienes se quedan en lacalle.
Pero lo enormemente malo de la realidad que nos está tocando vivir es que el poder adquisitivo del ciudadano se aparta muchísimo del precio real de las cosas. Quizá sea una distancia semejante a la que existía en tiempos de vacas gordas. Sin embargo, entonces se tenía la esperanza --falsa esperanza, no obstante-- de que siempre iríamos hacia adelante, mientras que ahora se tiene la convicción de que estamos retrocediendo y de qué manera.
Esa pérdida de poder adquisitivo de los asalariados y el aumento del paro obligan a las familias a adaptar a la baja los presupuestos domésticos, y por ello el consumo lo acusa muy profundamente.
Por desgracia hay muchas, demasiadas, personas que no tienen otra opción más que sobrevivir.
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