La corrupción nos come
Nicolás Maquiavelo, Max Weber, Gaetano Mosca, Vilfredo Pareto... éstos son algunos de los pensadores políticos más importantes que nos ha legado la Historia, y son, modestia aparte, todos y cada uno de ellos, con los que he aprendido a desconfiar de la casta política.
Cuando leo con detenimiento alguno de los veintiséis relatos cortos de Maquiavelo, tengo la impresión de estar leyendo alguna de las portadas que nos sacuden estos días. Hace tiempo que me apetecía escribir algo sobre esta miserable casta política que nos está poco menos que devorando. Hoy, más que una apetencia, es una necesidad.
Un Estado corrupto es algo que está completamente incapacitado para regir los destinos de sus ciudadanos. Tengo claro –ya que no soy ningún iluso– que la esfera de lo político es necesaria y, si se me permite, inevitable. Pero, dicho esto y sentada esta idea seminal, no es menos cierto que toda nuestra lucha como ciudadanos libres tiene que ser, debe ser, la de fortalecer todos los mecanismos que impidan que el conjunto de ciudadanos seamos tragados por la esfera de lo político.
Ante los incesantes casos de corrupción que están anegando nuestro país, los políticos nos repiten como un mantra que no podemos generalizar respecto de la corrupción. Bien puedo comprarles parte de la argumentación; pero no admito, como gobernado por esta casta, que se apele a este mantra para ocultar dicha corrupción.
No me extenderé demasiado ya que casi todo está dicho: tenemos una clase política elefantiásica como en ningún otro lugar de nuestro entorno y a una ciudadana cabreada y asqueada por este espectáculo grotesco en este verdadero patio de Monipodio en que han convertido la lícita disputa política. Quiero poner una vez más el acento en uno de los elementos que más corrompen la vida de los partidos y que por desgracia afecta a todos por igual: me refiero a la profesionalización; estamos cansados de ver las mismas caras siempre, individuos que lo mismo ejercen de concejal, diputado, alcalde... en realidad poco les importa el cargo con tal de tocar pelo, y eso corrompe de manera notable la vida política.
Ojalá los políticos entendiesen lo que están haciendo, coger a jóvenes del partido sin apenas formación y convertirlos en profesionales de la política, esto es una auténtica aberración específica de nuestro tiempo. La política no debe ser, no puede ser, jamás algo concebido como una profesión vitalicia; tiene que ser una fase en la vida de los hombres, y además –y esto me parece importante– no se entra como un hombre libre en política más que cuando se tiene la propia vida construida: su cabeza sí, pero también su condición material, porque cuando alguien depende toda su vida de un sueldo de político es sencillamente un esclavo.
Para terminar como comencé, haré una brevísima alusión al gran pensador Vilfredo Pareto. Una de sus grandes enseñanzas se refiere a la teoría de la circulación de las élites o, lo que es lo mismo, que esas diligencias que están al frente de los partidos tengan una limitación en los cargos ya que, de no ser así, terminarán por corromper este país, y a lo peor, cuando queramos reaccionar, puede ser demasiado tarde. Hace tiempo, en algún sitio leí algo que en su momento me hizo gracia, y era lo siguiente: «Políticos y pañales deben cambiarse con frecuencia y por la misma razón».
Hoy me hace menos gracia pero pienso que es muy acertada la referencia.
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