Han matado a mi hijo
El tabaco, el alcohol y la droga descerrajaron su vida a los 55 años de edad; su madre llegó a aceptar que «estaba muy malín», pero yo, su padre, hace algún tiempo entendí el resultado fatal de un vivir amenazante y cruel encajando con todo mi dolor que un desorden asesino llegaría a nuestro hogar más o menos pronto; así fue con la muerte de Ramón, segundo de nuestros cuarto hijos.
Fumar, beber y drogarse acribillaron íntegramente su organismo al caminar demasiado tiempo fuera de la senda. Tengo entendido que el ser humano no existe, que el ser humano es el cerebro. Así analizo el resultado más triste que junto a toda mi familia hemos aceptado, inevitable el sufrimiento físico de su última semana, perdidamente vivida.
En este folio mi negra soledad analiza el orden asesino y un sentimiento pesaroso me acusa de poder haber hecho algo más que soltarle el «retintín» cada amanecida. Hoy no me queda otro consuelo que no sea hacer pública mi denuncia paterna del orden en la complicidad asesina: «El tabaco mata», proclaman cínicamente nuestros gobiernos a un tiempo que alardean de mejores rendimientos económicos, sea a costa de la salud que va mermando el número de miembros de esa misma sociedad a la que cínicamente advierten. ¡No más tabaco! ¡Quémense las plantaciones y ciérrense los establecimientos proveedores!, y todo será luego los beneficios logrados en la sanidad pública.
Mi hijo Ramón ya no molesta. La abulia legislativa falazmente protege y estimula las manos asesinas. El tabaco, el alcohol y la droga le negaron larga vida afincando en él la desesperanza cuando se acercaba lo irremediable. «La lucha ha de ser general y simultánea, pues solo así llega a ser decisiva» (Larra).
Ahora sí merece que el periodismo honrado tome el «cuarto poder»; en él reside ahora mi esperanza con la denuncia constante de los daños que aterran a nuestra sociedad. Mil kilos de hachís se esfumaron en la aduana de Huelva al «tomar las uvas»..., ¿cómplices?..., ya no hay misterios, se inventan al socaire de las imputaciones y la nada.
Han matado a mi hijo, y su padre sabe de los culpables por mucho que aplaudan o abucheen en el hemiciclo, legislen o sentencien. Poltronas, apariencias y «togas en el barro», tal como denunciaba Ignacio Camacho en una de sus «Rayas en el agua».
Manuel M. Baquero
Turón
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