Hacer pis y no echar gota
En el patio de Monipodio de la política interior española (¿tiene España política exterior?) no hay día sin sorpresas desagradables.
El presidente Rajoy ha reconocido recientemente no haber cumplido con sus promesas económicas, pero sentir que ha cumplido con su deber. Tengo que recurrir a una reflexión consabida (lo que prueba que en ambientes en crisis cursa una forma rápida de trofalaxia de conciencia cívica): Si cumpliendo su programa hubiera violado su deber o el programa era una ficción irresponsable o su mandato, con otras lealtades sobrevenidas y otras ataduras confesas, es una prevaricación o un fraude electoral.
Siempre pronto al trile, en su más reciente e incalificable alarde, el patético llevador de la secretaría general del PSOE sin impostar tartamudeo, lo que permite maliciar que podría estarse creyendo su propio, y a su decir, malpagado rol, escenificó una increíble exigencia de dimisión del presidente del Gobierno por sus incumplimientos y fracasos.
Es para sufrir incontinencia de mayores y menores, al alternar llanto con risa floja.
Quienes primero tendríamos que exigir la dimisión del actual presidente del Gobierno no para dejar al alquimista peligroso en un sitio que vox populi no merece, sino para ceder el puesto a alguien del PP que creyera en el programa del PP, somos los votantes defraudados, los votantes engañados por el constante incumplimiento de su programa. Pero no sólo en aquellos puntos que importan al señor Rajoy, y hacia los que el señor Rajoy pretende derivar siempre nuestra atención, como es la economía; a ojos vista una política económica desnortada y cautiva (el deber), basada en los recortes y en jugar con las transferencias horizontales de balance nulo, en lugar de estimular las actividades extractivas, productivas y creativas (el programa). No señor. Convencidos como estamos de que la economía no lo es todo y que todavía dista mucho de ser una ciencia rigurosa, no reprochamos a Rajoy tanto estos palos de ciego (que terminarán por dar con algún caldero mágico cuando éste se cruce en nuestro camino), como el flagrante incumplimiento de todos los compromisos programáticos que encerraban una mínima componente ética e ideológica del centro derecha sin complejos, de quienes legítimamente le hemos dado una mayoría absoluta que está frustrando, dilapidando e inmereciendo día a día.
No le reprochamos tanto a Rajoy y su equipo que no sean capaces de hacer milagros en la maltrecha economía de un país descerebrado, entrampado y casi podrido, sino que no hayan ni siquiera intentado cumplir algunos de los compromisos en estructura del Estado, respeto a la Constitución, independencia y eficiencia de la justicia, imperio de las leyes, final digno y legal del terrorismo, potenciación de la educación, investigación y el desarrollo. Compromisos vertebradores de todo lo demás, basados en principios políticos, capaces de ofrecer una alternativa legítima, constructiva, muy posiblemente paliativa y reparadora de los desastres causados por ocho años de ocurrencias de un iluminado con más dogmatismo que formación y capacidad. Y lo hacemos con la misma legitimidad democrática que la izquierda homologada cuando tiene mayoría y, sin duda, con más legitimidad que la que ciertos extremismos frentepopulistas y excluyentes pretenden detentar cuando no ganan elecciones y juegan a los rituales de desestabilización, algarada, coacción y cerco en los que son expertos.
Hoy, muchos de los que, probablemente mañana, seremos ex votantes del PP, lamentamos reconocer que Zapatero parecía creer en lo que hacía y resultaba más divertido cuando, con su troupe, levitaba arrastrado por el viento mientras contaba nubes entre conjunciones planetarias. Al menos nos hacía sentir inteligentes y alimentar la esperanza de que, a través las urnas, vendría luego un recambio.
Doble error, inmenso horror.
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