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Desmontando el franquismo feliz

19 de Febrero del 2013 - José Luis Peira García (Piloña)

Aparece en esta sección una carta que firma el señor Julio García (¿El franquismo? 16/02) en la que elogia sin disimulo al régimen afortunadamente extinto que precedió a este que tenemos. Esta misma carta apareció publicada hace ya varios meses, ignoro si se debe a un error del periódico o a alguna que otra circunstancia que no alcanzo a entender. Quería ahora hacer lo que no hice entonces, que es dar una réplica a tan sorprendentes razonamientos. Más allá de que piense que en Alemania o Italia no deben estar consentidos elogios en prensa de sus vergonzantes pasados me impulsa el deseo no de convencer al autor con mis argumentos, lo que sería tiempo perdido, sino de arrojar otro punto de vista muy distinto a fin de contrarrestar de alguna manera las opiniones aquí vertidas.

Esa España con montañas azucaradas y ríos de leche y miel que describe este señor no la reconozco. Asumo que no leí nunca los principios de ese movimiento, aunque tampoco los documentos fundacionales de Esparta, y ello no me incapacita para estimar que no está mal aplicado el término con el que se lo denomina. Estalinismo, castrismo, macartismo o chavismo son igualmente reducciones para denominar periodos o circunstancias en las que por descontado participan otros muchos, no parece necesario explicarlo.

Franco se levanto en armas, violando el juramento de defender al estado que le pagaba, para instalar un régimen de acuerdo con sus ideales y los intereses particulares de un capital que le apoyaba.

Su guerra segó varios cientos de miles de vidas, devastó regiones enteras, los cuidados agrícolas, ganaderos, industriales y forestales en gran parte del territorio fueron abandonados. Ingentes cantidades de infraestructuras, monumentos y obras de arte desaparecieron para siempre o hubieron de ser reconstruidas.

Par ganar esa guerra ideológica emprendida contra españoles recurrió a las potencias fascistas europeas y empeñó con ello las arcas del país con una deuda que hubo que pagar durante años.

Durante la contienda, y acabada ésta, encarceló, fusiló y persiguió sin compasión a los vencidos durante décadas, a quienes negó en el mejor de los casos la condición de ciudadanos de primera clase. Muchos tuvieron el exilio como única alternativa, gran parte de la intelectualidad española no ajusticiada marchó al extranjero con el consiguiente empobrecimiento moral y cultural de toda la nación.

Impuso sus creencias religiosas a toda una sociedad, arrinconando cualquier otro tipo de fe, dio privilegios medievales a la Iglesia y al clero retrocediendo de nuevo al país muchos siglos.

Ayudó hasta donde pudo a la Alemania nazi, enviando incluso una división que contribuyó a aumentar el sufrimiento de la población civil de una ciudad cercada.

Como cobarde que era, miró silbando para otro lado cuando las potencias amigas del eje fueron siendo barridas de los campos de batalla europeos; no era lo mismo disparar contra rojos en alpargatas que enfrentarse a cuerpos acorazados con armamento moderno, grandes unidades navales y aviación de todo tipo.

Sus simpatías le costaron a España un aislamiento internacional casi absoluto, como ejemplo los lustros de mendigar la entrada en la ONU y en otros organismos internacionales, lo que aumentó las penurias de la mayoría de la población. Hubo emigraciones masivas huyendo literalmente del hambre

En fecha tan tardía como los años setenta los pocos que viajaban fuera eran conscientes del atraso económico, tecnológico, moral y cultural en comparación de cualquier nación de nuestro entorno, excepto Portugal, claro. Hasta el final de sus días mantuvo una pobreza en cuestión de relaciones internacionales pasmosa, refrendada en su propio entierro, al que el único jefe de estado presente fue Augusto Pinochet, otro gran hombre.

Eso y muchas cosas más es el franquismo

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