Urdangarín "el pobre" y otros
El duque sigue maldiciendo su suerte. Desencantando y aburrido de tanta injusticia cometida contra su persona, Urdangarín se lamenta de que lo abocan a empobrecerse injustamente, sin pararse a pensar que desde que se casó con la la Infanta Cristina, sin ayuda de nadie, se ha deslomado para sacar adelante su prole. ¡Qué Borbones tan desagradecidos!
Al denunciar su «injusto empobrecimiento» con sus quejas, Iñaki Urdangarín acaba de acuñar una nueva categoría social: los «nuevopobres». El duque no parece querer entender que su miedo a la indigencia resulta una cínica historieta, más bien, una gruesa desfachatez nacional. El empobrecimiento para él es simplemente quedarse sin su palacete en Pedralbes, el chollo de Washington y la cuenta de Luxemburgo. De este Urdangarín «el pobre», seguro que se van a apenar en las colas de esos comedores benéficos a los que van millares de desempleados y una amplia clase media acogotada por la hipoteca y tantos recortes que les están achicando hasta el tamaño de sus esperanzas.
Mientras esto y mucho más está ocurriendo, los españoles asistimos atónitos a este esperpento que sorprendería al mismísimo Ramón María del Valle-Inclán. Nadie lo está yuxtaponiendo a un empobrecimiento injusto, sino que precisamente con las diligencias practicadas por el juez instructor se está intentando lo contrario, que no es otra cosa que poner fin a su enriquecimiento improcedente.
Existe un proverbio árabe que dice: «Al que la suerte le viste, la suerte le desnuda». Todo esto viene a cuento, además, por la considerable cantidad de golfos que pululan por Carpetovetonia, en este sobrecargado universo pícaro que permitiría hoy a don Francisco de Quevedo y Villegas llenar con incalculable número de páginas nuevas ediciones de sus obras.
Y Urdangarín no es el único con terror al «empobrecimiento injusto». Sin ir más lejos, a Bárcenas le delata la coordinación de sus mentiras. Había atesorado millones de euros por el vasto mapa de los paraísos fiscales y en pleno éxtasis de la amnistía se enfrenta a la perspectiva de ser un «nuevopobre», sin poder cruzar la frontera desde Baqueira a ponerse tibio de ostras y Dom Pérignon en Carcassonne. Sí, debe ser muy dura esa pobreza.
La política ha sido –y sigue siendo, por lo que se publica– el medio natural de esos «nuevorricos» amenazados con ser «nuevopobres». Hay una interminable variedad de arribistas enriquecidos bajo la teta pública, trileros de los contratos con la Administración, empresarios de tercera que han trabajado duro financiando saraos a los partidos para que sus políticos se pusieran más contentos que un crío con zapatos nuevos.
Pudiera pensarse que España no ha medrado, pero desde los «dionis» y los «juanguerras» a los actuales «urdangarines» y los «bárcenas» hay un progreso monumental. Ahora los chorizos, aunque se sienten ángeles caídos, se salen a Londres a hacer sus trajes.
No se entiende por qué, en un primer momento de este escándalo, Urdangarín, siendo duque, no reaccionó como los nobles de antes. Sacrificarse a favor de la Corona para no deteriorar su imagen hubiera sido una medida sorprendente en estos tiempos, pero inteligente.
Nuestra legislatura recoge que «nadie puede enriquecerse torticeramente en daño de otro». Pero por desgracia en todos los casos «ese otro», los perjudicados siempre somos los contribuyentes.
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