El estado de la corrupción
A las puertas del debate sobre el estado de la nación, que se iniciará mañana en el Congreso de los Diputados, cabe sacar a la palestra un problema que se ha puesto de moda en los últimos días.
Primeramente, no estará de más recordar que España sigue en recesión, con seis millones de desempleados, una deuda pública dispararatada que compromete el futuro; unos brutales recortes en sanidad, educación, dependencia e investigación; en el que todas las semanas hay suicidios por culpa de los desahucios y la pobreza crece desbocadamente, la corrupción se ha adueñado del debate público. Es una lacra que está minando los cimientos del sistema democrático, pulveriza la credibilidad de las instituciones y pone en pie de guerra a los ciudadanos contra los políticos. Contra todos, sin excepción.
Ver cómo Luis Bárcenas --por hablar de uno de los casos transcendidos ultimamente-- cena en restaurantes de lujo o se va a esquiar al extranjero mientras conserva su botín a buen recaudo, resulta un espectáculo cuando menos insoportable pues supone un agravio añadido para los españoles que lo están pasando mal, que son muchos millones.
El hecho de que siguiera cobrando una obscena nómina del Partido Popular hasta hace muy poco, el silencio de Rajoy, que no ha soltado una mala palabra sobre el hombre al que ascendió a tesorero pero del que sí dijo que nunca se podría demostrar que no era inocente, los embustes de ciertos dirigentes para tratar de tapar el caso, con toda la razón del mundo sublevan igualmente a la ciudadanía. Y de qué forma.
Mucho nos tememos que el debate sobre el estado de la nación se convierta en un toma y daca sobre la corrupción, con el consabido "y tú más", pero sí en gran parte se deberá a esos comportamientos anteriormente señalados y a la falta de explicaciones creíbles sobre el trato de favor realizado con el citado Bárcenas, entre otros.
No es ninguna tontería decir que España está en la Champion League de la corrupción. Pues en eso somos un país casi insuperable.
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