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No hay donde mirar que no duela

26 de Febrero del 2013 - Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (Madrid)

A estas alturas de la crisis que padecemos se puede palpar una tristeza en el ambiente que es como una niebla gris que va calando, con su fría y húmeda desesperanza, en los corazones de las gentes.

No hay para donde mirar que no duela, empezando por la propia familia y terminando por las ajenas, para encontrarse con la decepción de unas personas que vivieron con la dignidad y las bondades que suponían la tenencia de trabajo, casa y bienes con que sustentarse. Personas pertenecientes a una clase media que está asistiendo atónita a un cambio profundo no deseable, a una pérdida de un progreso logrado tras largos años de esfuerzos y que está revirtiendo en una peor calidad de vida, en una mayor pobreza.

No hay para donde mirar que no duela ante los resultados de un Sistema político económico-financiero malherido por tanta mala gestión, dejación y pillería. Sus pústulas infecciosas han dejado sin defensas a todo un cuerpo social que se ha ido quedando progresivamente sin ayudas sociales y sin recursos económicos. Con una sanidad amenazada, una educación retraída, una investigación sin dotaciones, una cultura abandonada.

No hay donde mirar que no duela para ver a demasiadas personas cuyo día a día está siendo un auténtico ejercicio de supervivencia y de superación, y cuyas sonrisas se han ido convirtiendo en muecas desconfiadas y sus ojos en lágrimas quejosas. Personas que se sienten víctimas del abandono de los Poderes Públicos por el constante incumplimiento de los derechos más elementales recogidos en la Constitución.

Y entre tanto, los políticos y sus partidos siguen sin querer cambiar su modo de conducirse en la vida pública, de entenderse entre ellos y de llegar a acuerdos de gobernabilidad que tengan como único objetivo el trabajar unidos por el desarrollo y el progreso del país, y por lograr una regeneración profunda de los principios éticos que deben de cimentar la democracia.

Lo malo es que para ellos los culpables son siempre los otros, por lo que siguen enredados en acusaciones fundamentadas en sus propios intereses y jugando al pim-pam-pum-fuego con sus patrañas, ambigüedades, provocaciones, sospechas, tapaderas, demagogias y corrupciones.

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