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Las fábricas de armas no se cierran

25 de Febrero del 2013 - Luis Cabo (a)

Leyendo LA NUEVA ESPAÑA estos días atrás, me encontré con una carta al director que era el grito de la hija de un trabajador de la Fábrica de Armas de Oviedo, cerrada hace cinco meses. La firmaba la hija de Amil, compañero de la Escuela de Aprendices de Oviedo. Amil: hombre serio y trabajador, altamente cualificado, una persona que dio toda su vida por la Vega y sobre cuya cabeza pende ahora, a su edad, la espada de estos chorizos corruptos.

En mi caso, fuimos tres generaciones en la Fábrica de la Vega. La sirena de la Vega marcaba el ritmo vital de los barrios colindantes. Era como un gran máquina perfectamente engrasada. Los ruidos del taller y, sobre todo, los olores, no se me olvidan. Las avenidas, a la sombra de los plátanos; los jardines cuidados; teníamos nuestro propio economato y nuestro médico; las viviendas para los trabajadores (la colonia de la Vega)… La Escuela de Aprendices siempre tuvo aprecio dentro y fuera de nuestras fronteras: imponía respeto. Las aulas de techo alto; al fondo, el aula de dibujo, grande y bien iluminada por la luz cenital; los suelos de madera crujientes… Abajo, el taller: a la izquierda, los ajustadores; en el centro, los fresadores; a la derecha, la batería de tornos, tornos de verdad, de raza… Ahora, el control numérico y otras lindezas hacen olvidar los principios.

Principios es lo que no tienen estos regentadores chorizos e indeseables. No sé lo que va a pasar. De un día para otro, familias, compañeros, negocios que vivían de la teta de la Vega sólo serían un recuerdo. Es obligatorio resistir a una jubilación incierta. Las majestuosas casas de la Tenderina, en aquellos tiempos con sus jardines coloniales bien cuidados, ahora están tapiadas y abocadas al derrumbe inmediato. Los jardines, completamente arrasados.

Quiero tener un recuerdo para mis profesores, que me enseñaron a caminar en la vida: Matías, magnífico y soñador. Horacio, que nos machacaba en gimnasia: cuando llovía, corríamos por el taller. Carrocedo, que nos daba clase de todo menos de la asignatura que tocaba. Teníamos dibujo con José Manuel, que nos miraba por encima de las gafas: buena gente. De aquélla, dibujar con tiralíneas fue un reto; y la lucha con los borrones de tinta china, otro.

El primer día de trabajo en la Vega vino a verme a mi puesto de trabajo el director, don Pedro Calleja. Se preocupaba por nosotros, uno a uno. Nos conocía a todos. Tuve la gran suerte de trabajar junto a mi padre unos años. Aprendí mucho en la Vega. Aprendí para la vida. Estoy muy orgulloso de pertenecer a la plantilla y, sobre todo, a la Escuela de Aprendices. El día en el que decidí que me marchaba para labrarme un futuro mejor en la calle lo pasé mal, muy mal. Dormía mal y soñaba con la Vega, que es como una especie de madre a la que necesitas

Ver cómo está ahora da dolor. Quieren dejar que se caiga por sí sola. La Vega es mucha Vega. Es como una señora con clase y con estilo a la que todos respetan. Estos chorizos corruptos se la regalaron a unos yanquis sin escrúpulos. Se veía venir, pero no se creía. Nunca tuvimos apoyos de nadie; sólo buenas palabras y palmadas en la espalda. Ahora le toca a su hermana la de Trubia, pero más desgarrador, sin sentimientos: tanto dinero por año trabajado, y pista… No cuentan los años dejados por la fábrica, la salud dejada por la fábrica, las arrugas dejadas por la fábrica… No valemos nada, no cuenta nada. ¿Hasta cuándo? ¿No hay conciencia? ¿No queda dignidad? ¿No quedan arrestos? Si ya no hay nada que perder… Estamos en un país que no es país. Vivimos en una península en la que no hay justicia ni unión. Quieren abocarnos a que nos tomemos la justicia por nuestra mano. Esto es un caos.

Las fábricas de la Vega y Trubia están capacitadas para hacer lo que se proponga. Tienen personal altamente cualificado, medios y el utillaje necesario. Y si no lo hay, ellos mismos lo hacen. Recuerdo un proyecto de una mesa de quirófano que cayó en el olvido. No es necesario hacer armas o repuestos para las mismas. Hay más cosas. La primordial, los puestos de trabajo, las personas, las familias. Un respeto para todas estas familias. Los chorizo-políticos no hacen nada: sólo salir en la pantalla, ofrecer mentira tras mentira.

Pero hay una cosa de nosotros, los «veguinos» y los de Trubia, que ellos no saben: las fábricas son nuestras, están en nuestra retina, no nos las pueden quitar, no se cierran. Son nuestras: nuestros recuerdos son nuestros; nuestro odio, también. No hay sistema de justicia, no hay sistema económico. Esto es «roba lo que puedas y corre». Sería muy factible la gestión propia por parte de los trabajadores. Ideas, seguro, hay. Las fábricas autogestionadas por ellos. Si no, esto es la ruina a corto plazo, que es lo que quieren ellos: que se caigan solas para la ruina total. Las fábricas tienen peso y tenemos que aprovechar esa sinergia. Veo a mis compañeros como sin fuerza, con desgaste. Es una pena.

Veo la «veguina» todos los días. Me da mucha pena. La conservo en mi dirección de correo electrónico: realfabricadelavega@hotmail.com. De ahí nunca la quitarán.

Cierro los ojos y viajo en el tiempo. Un recuerdo a la hija de mi compañero Amil, seguramente de la edad de mi hija. Mi corazón y mis lágrimas con ella, con todos...

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