España 1978 vs. 1876
El 20 de noviembre de 1975, se abría para los españoles una nueva etapa cuyo denominador común fue la esperanza y la impaciencia para disfrutar del Estado de derecho. Habían pasado casi cuarenta años de privación de libertad, y el firme propósito de vivir en democracia era incuestionable. No tardaron en pasar muchos años, tres lustros aproximadamente, para que la escena del teatro, que es nuestro país, presentase la lacra de la corrupción mientras que nosotros, el pueblo, desde la cávea asistíamos a un triste espectáculo. La malversación, el pillaje y el robo de los recursos del erario público formaban parte de un argumento que la prensa reflejaba casi a diario. Casi veinte años después volvemos a asistir a la reposición de este género, pero esta vez los actores en esta ópera bufa han sido desplazados por otros. Unos y otros están perfectamente definidos en esta frase de Miguel Delibes: «Para el que no tiene nada, la política es una tentación comprensible, porque es una manera de vivir con bastante facilidad». Todo esto surge en el contexto de una crisis que como siempre a nosotros nos afecta mucho más que al resto de los países de nuestro entorno. Una crisis con más de cinco millones de parados; un funcionariado, al que le tiene muchas ganas el presidente de la CEOE, que sufre una serie de medidas que le hacen perder su poder adquisitivo a pasos agigantados; no obstante, hay quien se permite el lujo de ir de compras por ahí durante una semana gastando 2.500 euros en una habitación modesta y adquirir un centenar de regalos, otros imitan a sus ancestros disparando cuatro tiros en otras latitudes, amén de satisfacer otras necesidades más materiales que espirituales. Por si fuera poco, alguno de sus parientes es el mejor ejemplo de la picaresca del siglo XXI; solamente que ahora no son uvas, queso, vino, mendrugos de pan... lo que está en juego para este nuevo Lázaro son millones y millones de euros por ser vos quien sois, como se suele decir.
La descripción de estos hechos me produce una enorme tristeza porque un país que pensaba que se había modernizado sigue anclado en la cultura de la camarilla, caciquismo, extorsión, tan típica de los reinados de Fernando VII, Isabel II y Alfonso XIII; dejo a un lado a Alfonso XII por lo efímero que fue su reinado. Sus palabras cuando recuperó la corona, «todos hemos sido culpables», solamente han quedado en eso, palabras, porque no hubo voluntad de corregir esta lacra que carcome nuestro país, y así seguimos en el siglo XXI porque no tenemos memoria histórica y por tanto estamos condenados a repetir los mismos errores. El espíritu de la restauración de 1875 sigue vigente y así lo ha recogido la restauración de 1975. ¿Qué crédito vamos a tener en los foros internacionales? ¿Qué respeto podemos exigir? Ninguno. La palabra «dimisión» en España es un tabú porque se acaba el chollo. El hecho de ejercer la docencia en el departamento de Geografía e Historia me permite intentar inculcar a mis alumnos todo lo contrario a lo que denuncio en este artículo con la esperanza de ver en mi ancianidad, si llego, la tan ansiada regeneración de España, pero no al estilo de una política que últimamente permanece en una posición atrincherada e incluso sospechosa. Esa necesaria regeneración debe hacerse realidad por higiene democrática y de ese modo quedará para la historia esta reflexión que publicaba el 3 de agosto de 2011 en LNE la entonces diputada por el PSOE y actual consejera de Agroganadería en un artículo que llevaba por título «Los recién llegados»: la última encuesta del CIS vuelve a poner de manifiesto que los políticos nos hemos convertido en un problema para los ciudadanos, justo lo contrario de lo que debemos ser. Tiempo al tiempo.
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