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Un alemán en el paraíso

15 de Marzo del 2013 - Ricardo Luis Arias (Aller)

Hace ahora setenta años, el capitán Walter Föger, que mandaba una unidad alpina en la II Guerra Mundial, cayó por Pajares un día, para asombro y sorpresa de aquel reducido «comando» que, con Chus Valgrande a la cabeza, trataba de dar vida e impulso al esquí, después de aquel trágico y doloroso paréntesis de nuestra Guerra Civil, de la que algunos regresábamos con una adolescencia y juventud destrozadas. Föger, cuando estalló su guerra, tan seguida de la nuestra, era campeón de Europa de esquí (de España lo era Jesús Suárez Valgrande, amigo y maestro) y, dada su personalidad deportiva, el servicio de propaganda alemán lo envió a nuestro país para que hiciera una campaña favorable y proselitista de la causa bélica germana. Que les salió rana, como veremos, pues Walter Föger, como buen militar con una rica tradición familiar, no estaba con el nazismo de Hitler que llevaría a Alemania a la ruina.

Walter Föger, que nos cautivó a todos por su arrolladora simpatía, había estado antes en Navacerrada, pero cuando vino a Pajares y conoció Asturias, ya no se quiso ir de aquí. Porque para él era un paraíso, lo que resulta lógico si tenemos en cuenta que procedía de un infierno de sangre y fuego. Y aquí se olvidó de él, con la proverbial hospitalidad asturiana, su gastronomía (la fabada y el «sidro», como denominaba a nuestra espumosa bebida, fueron sus dos grandes debilidades), pero lo mejor para Walter, y también para nosotros, fueron aquellas duras jornadas de esquí de fondo, tremendas, rematadas luego en el histórico figón del «Manazas», con buena cecina, jamón y tortillas de dos pisos, todo ello regado con sus manchados de tinto y blanco que ponían a uno en órbita. Otras cuchipandas, las mayores y más numerosas, tuvieron lugar en casa de La Chumina, en Pola de Lena, cuya última cuchipanda de despedida al esquiador alemán allí se celebró también. Aquella noche etílica, en La Chumina, hubo de todo: cánticos, brindis, alegría y emociones, con sidra a placer y a esgaya. El alemán no pudo tener mejor despedida de su paraíso.

En el hotel Valgrande, de Jesús y de sus hermanas Consuelín y Virginia, hubo antes una despedida a Föger, muy reducida e íntima, en cuya intimidad él hizo una graciosa parodia del «führer», al pintarse con un corcho quemado su ridículo bigotito, a lo Charlot y, brazo en alto, con una botella de sidra, gritó: «¡Heil, sidro!». Risas, y una furtiva lágrima después, cuando uno le entonó, inesperadamente, su «Lilí Marlén», sentimental canción alemana de amor y de guerra, ya popularizada en la contienda de 1914-18. Y en la guerra se perdió para siempre Föger, en el frente ruso, bajo un sudario de nieve, su nieve, en la que había demostrado ser el mejor esquiador europeo de su tiempo. El recuerdo de Walter Föger sigue vivo y ligado al de aquellos pioneros del esquí asturiano comandados por Jesús Suárez Valgrande.

Recordando hoy a Walter Föger, y ello no deja de ser un consuelo, hemos logrado olvidar y evadirnos del estercolero político, cada vez más hediondo y putrefacto. Ad nauseam!

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