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Incapacidad de adaptación

5 de Marzo del 2013 - Marino Iglesias Pidal (Gijón)

Mi especie, puesto que me considero su único ejemplar, se extinguirá conmigo. Carezco de un requisito indispensable para sobrevivir: Capacidad de adaptación. En general, muy bien se puede decir que no soporto al ser humano actual.

Con relativa frecuencia soy parte activa de casualidades que me llaman la atención y me hacen entrar en especulaciones esotéricas.

Hacía mucho tiempo que no veía una película. Para mí, el momento de llenar un par de horas de entretenimiento, diría pasivo, lo marca el final del telediario en la noche. Hasta hace poco, a esta hora me metía en la cama a leer, ahora no debo hacerlo, es por eso que llevo tres o cuatro días bajando pelis de Internet y grabándolas de dos en dos, dado el espacio de disco que ocupan, en DVD regrabable. Ayer tenía: Una vida Mejor y Amor bajo el espino blanco.

Me puse con la primera: Un profesional, por lo que se entiende, entra en busca de trabajo en un restaurante y, en este punto comienza el film, el dueño le dice que no porque carece de experiencia y le indica a una camarera que lo acompañe a la salida. Cuando ésta tiene la intención de darse la vuelta para regresar a sus labores él la invita a un cigarrillo. Ella acepta y, en los escasos segundos que duran dos caladas, él le pregunta si puede esperarla a la salida, a lo que ella accede.

Las palabras exactas no las recuerdo, pero la situación discurre más o menos en esta forma: Sale la niña. Se saludan. ¿Vamos a tomar una copa en un bar que está aquí muy cerca? Está bien. Echan a andar. Él: ¿Tienes pareja? No, ¿tú? Tenía, pero era una idiota. Sigue él: Pero sin duda has de tener muchos pretendientes. Ella: Algunos, pero nada. Él: ¿Qué probabilidades hay de que pasemos la noche juntos? Ella: Cero. Se vuelven el uno hacia el otro y comienzan a comerse, abrazarse y meterse mano con impetuosa desesperación, se van contra la pared para no caerse. Esta secuencia completa continuada no tiene una duración de más allá de un minuto o minuto y medio y está desarrollada en un espacio temporal situado en los días presentes. No sé lo que pasaba a continuación. No pude soportar ni un segundo más.

Paré la película e inicié la visión de la segunda que tenia grabada: Amor bajo el espino blanco. La acción se sitúa en la China de Mao. La pareja se conoce cuando la chinita acude a un campamento de adoctrinamiento. El muchacho queda inmediatamente prendado de ella, y ella de él, creo recordar que prácticamente en el mismo instante. Las circunstancias son las propias de una situación penosa y de penuria para ella que él hace todo lo que está a su alcance por aliviar. Están profundamente enamorados. A la hora de cruzar sobre las piedras de un río él le ofrece su mano en un gesto que, por considerarlo muy atrevido, ella rechaza. Con el fin de mantenerla unida a él, opta entonces por coger un palito que sirva como nexo de unión. Toma un extremo y ella accede a tomar el otro. Una vez cruzado el río, ya sin justificación para el palito, en vez de tirarlo, el muchacho desliza lentamente la mano hasta encontrar la de ella que, por supuesto inclinando la mirada hacia el suelo, esta vez acepta su contacto, ¡mero leve contacto de sus manos! ¡nada más! En este orden de cosas van transcurriendo los meses con diferentes avatares abrigados por un amor sublime, contenido, entre ambos, llegando al extremo de acostarse en la misma cama, los dos vestidos, ella bajo la sábana, él a su lado sobre la misma sábana. El contacto físico más íntimo consistió en uno o dos besos en la mejilla de la chinita.

Siguieron pasando por diferentes situaciones, siempre bajo el palio de su gran amor, hasta que la fatalidad impuso el final sin que llegaran a, en este caso literalmente expresado, hacer el amor.

En aquellos años, los cincuenta, en que se desarrolla la película, en los sesenta también, yo ya me consideraba un adolescente bastante sui géneris, pero al fin y al cabo un ser humano, porque algunos humanos parecían proclives a albergar sentimientos y seguir pautas de conducta más o menos apegados al concepto que yo tenía de los mismos.

Aquel mundo se acabó, ahora es otro mundo y, simplemente, yo ni soy de éste ni soy capaz de adaptarme a él.

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