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Cien líneas para no leer

5 de Marzo del 2013 - Miriam Villazón Valbuena (Oviedo)

Comprendo que debe ser muy difícil escribir una columna diaria y ser siempre

original, imaginativo, brillante y elocuente, pero creo que lo de Javier Neira en sus

Cien líneas es otro problema porque lleva ya mucho tiempo sin ser elocuente,

brillante, imaginativo y, mucho menos, original.

Y viene esto a cuento del artículo que publica hoy y en el que dice que el PP local ha vivido un congreso a la albanesa porque ha elegido a su presidente con 341 votos a favor de los 344 emitidos. Neira plantea que hubiera sido más democrático que hubiera tenido el 60 % de los votos a favor y el resto en contra. Eso lo dice ahora, porque estoy seguro de que si ese hubiera sido el resultado en su comentario hoy hablaría de división interna, liderazgo cuestionado y todo por el estilo.

El señor Neira lleva tiempo demostrando que vive, como columnista, de llevar la

contraria sin ningún rigor ni razón más que llevar la contraria. No hay coherencia,

ni ideas claras, ni criterios homogéneos y racionales de análisis. Sólo hay dar

patadas en la espinilla por darlas, para desmarcarse o para generar aparentes

enemistades que impidan cualquier reacción de su propia empresa (ante la

posibilidad de que pueda entenderse que la medida está sugerida por alguna de

las victimas) para dignificar un espacio tan importante como el que ocupa con

sus cien líneas sin contenido. Sin duda Neira es hábil: dando palos a diestra y

siniestra, aunque la mayor parte de las veces sea sin razón alguna, se garantiza la

continuidad porque sus jefes preferirán mantener la baja calidad en esa sección a

que se pueda tan siquiera sospechar que lo apartan por presiones externas de las

pobres víctimas de tan pretencioso e inconsistente articulista.

Ciertamente es sorprendente que un periódico tan serio como La Nueva España

permita que un espacio tan noble como el del primer comentario que sus lectores

pueden leer esté ocupado por tanta banalidad y tanta inconsistencia, por mucho

que se la trate de disfrazar con tintes cómicos.

Ahora que tan de moda está lo de renovar las estructuras, un medio que tan de

cerca sigue el sentir de la sociedad reclamando esa renovación en la vida pública

debería dar ejemplo mirando para sus propias secciones. Espero que alguien

se dé cuenta de que las cien líneas de Neira en vez de coger solera y calidad con

el tiempo, están descomponiéndose a marchas forzadas para convertirse en el

corralito de un personaje contradictorio de los que exigen a los demás lo que

ellos nunca son capaces de hacer. Sólo deseo que LA NUEVA ESPAÑA no siga ese

ejemplo (exigir a los demás lo que uno no hace) y se dé cuenta de que un medio

de comunicación no puede ser reo de los vaivenes intelectuales y personales y

de las filias y fobias de un personaje de estas características. El único que parece

albanés o soviético por como usa y abusa de la prebenda que supone disponer de

un artículo en La Nueva España es Javier Neira.

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