11-M, nuestro «día de la infamia»
Supongo que casi todos los países tienen su día de la infamia, una fecha en la que evocan una vergüenza nacional que, junto con su saldo de irreparables daños a vidas y patrimonio, supuso la pérdida de su inocencia y dignidad como nación, a la vez que una penosa inflexión o quiebra en su Historia. Afortunados los países que, con todo lo que pueda haber de dolor, realidad o artificio en tales efemérides, pueden atribuir la infamia a la traición de un aliado o a la agresión de un enemigo externo poco escrupuloso con los formalismos del derecho internacional.
El 11 de marzo de 2004 se produjo en España un atentado terrorista sin precedentes en la historia de las naciones civilizadas. Un atentado salvaje y anónimo que agitó y conmovió –aunque por poco tiempo– lo mejor que las buenas gentes llevan dentro, y que evidenció, ya desde el instante cero, la endeblez (si no doblez) de nuestro sistema inmunitario de defensa como país presuntamente libre, serio y respetable. Un atentado que hizo emerger un nauseabundo magma, tanto de imprevisión, torpeza, parálisis y mala conciencia por parte de los gobernantes como, sin entrar en mayores honduras, de falta de escrúpulos en las fuerzas y poderes (nominales y fácticos) de la oposición.
Nueve años después, no sólo la masacre no está esclarecida, sino que sobran las evidencias de un consenso (por no llamarlo conjura) a todos los niveles del Estado y del pueblo (y de la plebe) para pasar página y echar siete vergonzantes llaves al sepulcro de dos centenares de compatriotas y a la lesión de otros 2.000. Ahí está la interesada hipótesis de un atentado islamista –ni reconocido por los islamistas de pata negra ni asumido en una sentencia tan discutida como discutible–. Ahí está la evidencia, no sólo de decisiones sospechosas, sino de pruebas falsas de autoría no menos anónima, que se toman como tan naturales y que no han merecido ni investigaciones concluyentes ni la apertura de piezas separadas, aunque sí han sido objeto de toda clase de farsas y pantomimas obstruccionistas que harían sonrojar a Mortadelo y Filemón. Ahí está en prisión un único culpable de autoría material por sentencia firme, y ahí están nubes de duda sobre la fiabilidad de alguna de las pruebas identificatorias decisivas en su condena. Y ahí está la madre del cabrito: un consenso contra natura prácticamente unánime entre partidos políticos, ora gobernantes ora opositores, uno más dañado por esta negra ignominia que por cualquier otra especie en negro, y otro no menos deslegitimado por el flagrante contraste entre su afición a reabrir causas y fosas de las guerras de los abuelos y a cerrar sin la debida justicia las de hermanos, hijos y nietos.
El 11-M no sólo coincidió o supuso, acompañó o inició, un golpe de lesa nación de consecuencias inimaginables, no sólo fue un «día de la infamia» –en palabras de Roosevelt, una fecha en la que pervivirá la infamia–, sino que, tomando ahora de otro personaje el distingo entre hijos de puta y nuestros hijos de puta, fue una fecha que lleva camino de convertirse en el día de nuestra infamia.
P. S.: Solo las naciones que merecen tal nombre saben que a los días «de la infamia» suelen seguir los días «D», y a estos, los días «de la victoria».
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