Carajillo desde Gante
La regente del couché Corina y la exiliada Sofía con sus inimputables recuerdos vivientes a pie de cama [impostando a la profesional del vestido de grana y luto de la viejuna transición] comparten sonrisas en las portadas de la prensa belga que presentan una España absorta con el "reality de la Milagrosa" mientras contempla paciente y sin rubor los desapercibidos titulares de contrapágina sobre la venta de su sociedad de bienestar a los gúrteles: populosa casta ibérica, de arraigo torero y tradición Nacional que se multiplica por la hidalga patria, huérfana de liderazgo en la lucha contra los quijotescos mercados.
En la semana en la que los militares bolivarianos revolucionaron el concepto de funeral televisado, con puesta en escena de gala de certamen de belleza y llantos de 7 cuadras a la espera de despedir al ya santo y embalsamado redentor del petróleo, nuestro país sintonizaba el salto del gobierno a una piscina sólo llena de la incredulidad de los que aún les corean.
La dolorosa, esta vez sin mantilla ni bastón de mando, pero con tweed de parduzco ánimo, se afana reiteradamente en envolver las miserias de su gobierno en diferidas declaraciones, inteligibles sin traductor especializado, desde un plasma de la sede de Génova.
Ella concilia, y no por ser imbécil, sino hembra que atiende las necesidades del hogar a la espera de que su compañero termine la partida en el bar tras la jornada laboral. Reflejo de la España de misa de ocho, luto y alivio, cine de destape, carreras a ciento treinta por las autopistas de peaje y cacerías de domingo en los montes de Toledo, ahora en venta.
Cosa de las audiencias de este nuevo género de esperpéntica comedia que amenaza con desbancar de los cines el aterrizaje de los amantes pasajeros en el aeropuerto de su amada Ciudad Real.
A falta de cómicos que entretengan nuestros ratos de creciente desempleo, el ministro de las finanzas altas aboga por criminalizar. Escondido tras la risa de quien difama, acusa y generaliza escudándose en su cargo.
Tras el abordaje a funcionarios, profesores, investigadores y médicos, es ahora el turno de actores, deportistas y creadores de opinión que bajo amenaza pública de intervención fiscal por fraude nacional han de medir sus intervenciones, no vaya a ser que el público cambie de canal, alentados por las consignas del popular funeral chavista y abandone las tardes de tensa calma en las que nos hemos instaurado tras la emisión del serial de moda "son todos iguales".
Todos, menos los homosexuales. Que aparecen en boca del ministro del interior que quiere su cuota contributiva en la audiencia semanal.
El viernes volveré a encender la televisión desde mi Asturias natal donde los mineros preparan su marcha fúnebre esta vez sin tanta solemnidad y boato. Sin ya nada que perder en una tierra, verde de montes y negra de minerales que ya no volverán a aflorar.
Mientras tanto me entretengo con la prensa belga que juega a encontrar al presidente Wally hibernado en el estudio del nuevo idioma del partido que le permita dar la cara a través del plasma sólo si baja la audiencia.
Es más eficaz denunciar a los medios de comunicación libres que no emiten tu programación y no sintonizan con nuestro particular Aló Presidente. No es patriótico acordarse de los delincuentes, antiguos amigos del alma, que puedan airear la tan denostada transparencia. No está bien enfadar a los que te financian y a los que se amnistía a coste cero. Su palabra es su valía.
Seguimos sentados, entretenidos con el espectáculo y a la espera del próximo capítulo por venir. Zapeando, riéndonos de los canales vecinos, preguntándonos cómo Berlusconi puede volver al parlamento italiano mientras nosotros votamos a imputados que se sientan en nuestra casaa comer. La espera de que algún Beppe Grillo con popular berborrea le haga la competencia a la televisión nacional de nuestro país se está haciendo inusitadamente larga.
Tal vez al volver a encender la televisión, Conchita Velasco rejuvenecida y en blanco y negro intente persuadirme de comprar un Philips antes del inicio del NODO.
Sigamos sentados a la espera de la invención del telégrafo.
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