Se permite blasfemar
Éste es el texto que aparece en un cartel colgado en una cafetería de Lieres, que pude leer recientemente cuando entré junto a mis hermanos a tomar unas consumiciones, que nos dejó estupefactos.
A una chica joven que nos atendió le dije que quería hacerle una consideración respecto al texto, ya que hería mi sensibilidad, solicitando retirarlo, y volvería otro día para ver si se atendía mi solicitud.
Cuando me acerqué a la barra a pagar la consumición le recordé la petición, teniendo por respuesta «que no tenía necesidad de volver porque no lo iba a quitar». Éstos son los hechos que se produjeron sin ningún tipo de altercado por ninguna de las partes.
Entiendo que en un lugar público como ése entran personas de condiciones muy heterogéneas y dentro de ellos aquellos que nos sentimos molestos que otros ofendan a Dios, que es nuestro Padre, con mayúscula. Vivir en libertad y en democracia implica respetarnos sin ofender, porque la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás. Claro que muchas veces la incultura alcanza estos límites, llegando a la imposición sin argumentos, que es la postura de los necios.
La blasfema no es un eufemismo, es una palabra gravemente injuriosa contra Dios, la Virgen o los santos, una forma de estercolar dignidades y creencias, en base a que, atacando, injuriando y maldiciendo, algo queda.
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