¡Y vaya si se acabó!
Hace cuatro días, como quien dice, cualquiera sacaba el fajo y decía: «Esto no se acaba ni tirándolo». Eran comentarios en la euforia del bar y parecía de todo punto cierto. Entonces se presumía de haber comprado una gran casa con piscina y todo. Y no digamos nada si nos invitaban a ver, casi acariciar, el coche que acababan de estrenar. Ya se pagaría. Alguien lo pagaría.
Entonces a nadie le preocupaban los «pelotazos» que andaban por ahí y que con el tiempo nos llevaron a convivir con la pobreza; a ser, al menos, más dolorosamente pobres que cuando lo éramos de verdad. Y decimos dolorosamente, porque ahora nos han pillado compuestos y sin novia.
Y es que cuando éramos pobres de verdad teníamos la ventaja de contar con un trabajo que nos permitía ir hacia arriba con esperanza y mejor humor del que mostramos hoy.
No cabe duda de que ese bienestar que de pronto irrumpió en nuestras vidas carecía de base y no podía prolongarse en el tiempo.
Y afloraron la corrupción, el desaguisado, que seguro que ya estaban ahí, pero había teta para todos, aunque nos llevara pronto al endeudamiento brutal y al peligro de males mayores.
Entrábamos con gran desazón y evidente cabreo en el mundo del mal, del mal hacer y proceder. Y en el ámbito del mal no se puede vivir bien. O tal vez sí. Pero alguien tiene que aportar en demasía. Acaso aquel que vive peor de lo que debiera si valoramos su esfuerzo y merecimientos.
No se puede vivir sin hacer nada, sin estar, al menos, predispuesto a hacerlo. No vale eso de «vengan días y pasen noches», de alguna manera sinónimo de «A mí que me lo den».
Así como la tierra es agradecida y produce, la vida, por su parte, suele dar oportunidades a quienes las buscan. Y no se diga nada si se está preparado y bien dispuesto. Preparación que antaño no era moneda corriente y que hoy, en el caso de los jóvenes, puede llevar claramente al optimismo.
Como persona sin estudios, no acierto muy bien a saber lo que pasó. Intuir y sospechar no se me antojan suficiente. Viene de tan lejos y por tan retorcidos caminos, esos que recorre la condición humana desde que pisó la Tierra, que para saberlo necesitaría ser, desdichado de mí, el gran maestro y orgullo de los asturianos don Juan Velarde Fuertes.
Sólo alcanzo a saber que tres euros equivalen a quinientas pesetas. Sé que pelito a pelo fuimos pelando. ¡Vaya si se acabó! Y si no fue así para todos, ¡cuidemos de lo que queda!
José María Jesús González, Madrid
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