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Talleres Jesús Álvarez, S. A.

21 de Marzo del 2013 - Faustino González Fernández (Langreo)

A través de la prensa diaria y por noticias difundidas por televisión regional, recibimos información diariamente que varias decenas de industrias asturianas se ven abocadas a recurrir al expediente de regulación de empleo (ERE) ante la grave situación de crisis económica que atraviesan. Esta circunstancia crea una disputa antagónica entre trabajadores y empresa con pintadas alusivas al caso, tensiones, paros, huelga, etcétera, pero normalmente ningún miembro de la empresa, a nivel personal, queda marcado ni desprestigiado con difamaciones, insultos y amenazas que nada tienen que ver con el conflicto, salvo en el caso que nos ocupa de marcado comportamiento talibán.

La disconformidad en los planteamientos del ERE de esta empresa de Langreo derivó a un segundo plano, desplazando lo laboral a un asunto de índole personal focalizado en dos mujeres, que no habían cometido ningún delito. El acoso fue continuo y cada vez más violento durante cinco fines de semana, aprovechando la inactividad y la nocturnidad de los sábados. Fue uno tras otro hacia un mayor ensañamiento y deshonra personal con el fin de conseguir, con tanto hostigamiento, el debilitamiento psíquico y el agotamiento físico. El objetivo era provocar desaliento, desánimo, depresión en estas personas y con ello el cierre de la empresa. A las pintadas con insultos, ofensas y amenazas agregaron a sus difamaciones emblemas subversivos: la cruz gamada y el símbolo ácrata o anárquico y, para herir más profundamente los sentimientos de una familia, una pintada irrespetuosa alusiva a su hermano y padre, respectivamente, fallecido hace poco tiempo. Estos agravios aparecían cada fin de semana en pintadas en las paredes de los talleres de los alrededores de la sociedad que nada tenían que ver con un asunto que les era ajeno y lo ampliaron más allá del polígono industrial, a la calle, en las inmediaciones del domicilio, ¡qué casualidad!, de un presunto autor de las pintadas, que por el contenido de los insultos, muy femeninos, se supone tenía ayuda de su mujer. También en las cercanías de las viviendas donde residen han inhabilitado varias señales de tráfico con sus pintadas y, no conformes con todo esto, añadieron llamadas telefónicas a horas intempestivas.

Pero no se quedaron ahí. Añadieron desperfectos, con pintadas, en las fachadas de la empresa en la que trabajan sin tener en cuenta que invadían un espacio de una propiedad privada saltando la valla que la limita. Éste era otro frente de ataque a parte del personal.

Todo empezó a principios de la negociación del ERE. Un representante provincial de Comisiones Obreras (UGT nada tenía que ver en este expediente) ante los delegados de la empresa y refiriéndose a una de ellas, la de más edad, la más castigada, dijo: «Esta señora lo mejor que podía hacer es estar viendo escaparates». (¿Calle Uría?). La veda estaba abierta. Esta clase de personas son las primeras que van en las manifestaciones de protesta contra la desigualdad o violencia de género en primera fila sujetando la pancarta y, cuando les conviene, manejan la exclusión social para conseguir sus fines, o sea, la doble moral. ¿Cómo es posible que los «escasos de razón y de opinión tan agresiva» ostenten cargos de responsabilidad en un sindicato? En este caso consideran delito ser mujeres propietarias de una empresa familiar y su alternativa es ver escaparates. No se les permite la igualdad de oportunidades que tanto pregonan y utilizan la crisis como excusa para abocarlas a ciudadanas de segunda. A toda costa intentaron, con sus patrañas, arrebatar a sus dueñas su pertenencia buscando testaferros para apropiársela y que por su talante mafioso conocido no tardarían tiempo en hundirla. En demasiadas ocasiones los sindicatos prefieren que la empresa cierre si no se pliega sus exigencias, lo que deja a los empleados en la calle y en esta circunstancia eran 30 puestos de trabajo los que estaban en juego. ¿Pero cómo se atreven a entrometerse y disponer de una propiedad privada? ¿Acaso estamos en la dictadura del proletariado? ¿No sabrán que estamos en una democracia? La empresa ha vivido el momento más peligroso de su existencia. Lo ocurrido ha sido muy trágico y grave. Un escándalo. En cualquier país civilizado sería imposible un chantaje de esta naturaleza. En una democracia pluralista plena, los sindicatos son imprescindibles. No se pide suprimirlos sino que sepan embridar estos abusos. Decía Martin Luther King: «La violencia crea más problemas sociales que los que resuelve». ¿Qué mano mecía esta cuna?

Y ahora ¿qué? ¿Quién repone el prestigio, la honra y la dignidad de estas dos mujeres? Y la confianza y reputación tan importante para una empresa con una trayectoria de 59 años de vida, con una conducta social correcta y cumplidora de las leyes laborales, ¿quién lo resarce? Una historia que se fue forjando día a día; nunca tuvo una huelga propia y sólo un despido muy justificado. El organigrama de la empresa está asentado en una estructura perfecta, organizada con diversos departamentos con personal muy cualificado cuyo objetivo es obtener un resultado óptimo en un producto perfectamente acabado y muy bien acogido en el comercio exterior conseguido con gran esfuerzo por su complejidad.

Lo que tantos años se tardó en crear y levantar se pudo perder por una jauría humana, no toda la plantilla, que imponiéndose a los demás llevaron a cabo pintadas alusivas al conflicto, fuertes petardos ante las oficinas, huelga, pancartas, destrozos, paros diarios con manifestaciones durante tres meses y la contribución de la Iglesia de La Felguera con repique de campanas que tañían, decían, por unos que sufren. Y los otros ¿no sufrían? ¿Por quién doblaban las campanas? Todo esto no fue suficiente. Había que hacer más. Paralelamente llevaban a cabo un hostigamiento contra los derechos de dos mujeres, víctimas de un proceder machista. Su delito ser empresarias. En su fueron interno no todos los trabajadores aceptaban estos comportamientos, pero el miedo es libre y el silencio de los corderos se asumió porque sus coches eran una marca determinada y sus matrículas conocidas, como sutilmente se difundió. Los traficantes del miedo saben bien su oficio.

La desertización industrial en Langreo ya se nota. Con este comportamiento. ¿Quién instala aquí?

Esto sucedió en Langreo. En Valnalón con Talleres Jesús Álvarez, S. A.

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