De honestis politicis
Decía el ínclito orador y filósofo romano Marco Tulio Cicerón que la honradez es siempre digna de elogio, aún cuando no reporte utilidad, ni recompensa, ni provecho, y, por desgracia, no son los tiempos que corren los que de forma más patente corroboran esta máxima, pues, día tras día, seguimos contemplando patidifusos el surgimiento por doquier de nuevas tramas de corrupción en nuestra democrática sociedad.
Desde la Antigüedad, los más grandes filósofos del momento preconizaban la necesidad de formar en sabiduría y virtud a los gobernantes, y, no en vano, en una civilización como la helena, cuna de la democracia, la política cumplía un papel fundamental que arrancaba de la educación.
En La República, el idealista Platón defiende que un Estado excelente será aquel caracterizado por la justicia, que radica en la armonía entre las tres clases: campesinos, guerreros y gobernantes, cada una de las cuales debe dedicarse a la función que le corresponde por naturaleza. En cuanto a los gobernantes, estos deben ser los filósofos-dialécticos, esto es, los que han alcanzado un conocimiento sistemático de la realidad, lo que es muy indicativo del intelectualismo moral imperante en la época, por otra parte, tan de capa caída en la actualidad, en la que las palabras político e instruido las más de las veces no van de la mano.
En cuanto a Aristóteles, que consideraba que el hecho de que la política fuera virtuosa o todo lo contrario se fundamentaba en que el gobernante persiguiera con sus disposiciones el interés propio o el beneficio de la ciudadanía. De hecho, atendiendo a esta distinción, el Estagirita llegaba a diferenciar entre democracia y demagogia, lo que lamentablemente nos lleva a preguntarnos cuál de los dos vocablos es más acertado a la hora de definir nuestro actual sistema político.
Hagamos ahora un vertiginoso periplo por los siglos: desde la Roma republicana (que no escapaba a los escándalos políticos, aun habiendo establecido el mandato de los magistrados por un solo año en aras de que no se aferraran cual lapas al poder) hasta los corruptos dirigentes decimonónicos, que, verbigracia, en la España de la Restauración (1875-1923) acudían al pucherazo (falseamiento electoral) o al caciquismo para asegurar los resultados electorales anhelados; pasando por salvadores patrios como Napoleón Bonaparte (que solía decir a sus ministros que les estaba concedido robar un poco, siempre que administrasen con eficiencia) o personajes públicos de la magnitud de Winston Churchill, que no mostraba reparo alguno en proferir agudezas como la que sigue: un mínimo de corrupción sirve como un lubricante benéfico para el funcionamiento de la máquina de la democracia.
Se preguntará el lector: ¿queda algo por decir? ¿Puede alegarse algo más? ¿Es posible o plausible un alegato a favor del político corrupto? Creemos que no. Un gobernante que abusa del poder en beneficio propio ha traspasado una línea que no debería cruzar jamás: no sólo la de su honorabilidad moral, sino también la de ensuciar la imagen de todo su gremio, que en nuestros tiempos adolece de desprestigio, descrédito y cuasi desprecio por parte de los ciudadanos, en detrimento de tantos políticos honrados y eficientes como hay, cuya validez, infelizmente, no trasciende tanto.
Más gravedad conlleva aún la negación de los delitos e irregularidades cometidos, y la defensa perenne de una honradez que ya no puede tenerse en pie. Siguiendo esta facilona estrategia de salida, muchos políticos cuyas manos están sucias se las lavan, cual modernos poncios pilatos, buscando quedar impunes de tamaños abusos, que reiteramos- son inaceptables por la degradación moral que comportan. Por otra parte, es innegable que, en muchos casos, los dirigentes políticos, de forma rematadamente histriónica, dicen lo que el pueblo ansía escuchar o actúan como las masas demandan que lo hagan, muy lejos, eso sí, de lo que luego tienen en mente llevar a cabo.
Antes, al desgranar los rotundos ejemplos que la Historia nos regala, hablábamos de políticos deshonestos ubicumque et semper -como reza la expresión latina, en todo tiempo y lugar-, lo que, consideramos, no debe hacernos creer que la situación sigue igual.
Creemos que hay algo que ha cambiado: otrora había una idea que de forma exacerbada movía a las personas, el honor, y una postura, la coherencia, que les llevaba a ser congruentes con la referida ideología propia y con las actitudes pretéritas. Y sí, eso se ha perdido. Hogaño, el comportamiento de nuestros gobernantes es un continuo decir lo que quiere oír el Estado al que se han comprometido a servir, para luego cambiar de idea una y otra vez sin ningún escrúpulo ni sentido de la responsabilidad, o, lo que es lo mismo, de la aceptación de la parte de acierto o de culpa que se tenga, que nos lleva al reconocimiento de los éxitos y fracasos de cada uno. Sin embargo, no cabe duda de que es mucho más fácil asirse con uñas y dientes al trono (llámese sillón presidencial, butaca parlamentaria o despacho consistorial), evitando abandonar lo que ni es nuestro ni lo será nunca.
En este punto, puede uno plantearse si no será el pueblo culpable de los políticos que le gobiernan (volvemos a citar a Platón, que consideraba que la democracia resultaba ser el sistema político de valor inferior porque al elegir a sus representantes la ciudadanía, mayoritariamente ignorante, no lograba más que consolidar el gobierno de los indoctos), y muchas veces es verdad que somos culpables de nuestros propios males.
Concluimos pidiendo aquello por lo que ya se clamó en el ocaso del siglo XIX y en los albores de la vigésima centuria: regeneración, una regeneración que pase por la revitalización democrática del sistema, por la reforma de unas instituciones caducas hace mucho, por la renovación de una generación política crispada y desgastada, por la superación de un bipartidismo caracterizado por el acérrimo enfrentamiento entre las llamadas dos Españas, en definitiva: gobernar con, por y para el pueblo, un pueblo que necesita educación y sanidad, estabilidad, concordia, felicidad en resumen; un pueblo que no olvidemos- es el sujeto de la soberanía y no la conocida como clase política; un pueblo que es auriga del carro de sus destinos, él lleva las riendas; un pueblo que necesita políticos -no tiranos, oligarcas ni timócratas- que, de una vez por todas, sirvan con virtud, bondad y justicia a aquellos que los invistieron de su poder.
Esperemos que un día podamos ya no decir con Quevedo Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados, sino que nuestra Nación sea conocida por el leal servicio al bien común, a la igualdad y a la felicidad de todos los ciudadanos.
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