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Pequeña imitación de la vida

10 de Abril del 2013 - Enrique Álvarez-Santullano Fontaneda (Oviedo)

Dice Eduardo Sacheri, autor de la novela y el guión de la impactante película argentina, El secreto de sus ojos, que el fútbol reproduce la vida en pequeña escala. Para corroborar esta opinión, nada como asistir a la Oviedo Cup, el torneo internacional de fútbol base -o de pequeña escala- , celebrado en esta ciudad durante la Semana Santa. Sacheri encontraría un filón aquí. Yo dejo anotadas tan solo algunas anécdotas, una paradoja y tres certezas.

Los jugadores del equipo infantil del Fratelsa Sport, de Venezuela, se retiran a los vestuarios llorando desconsoladamente, impotentes ante lo que consideran una injusticia arbitral, con esa sensación de rabia que te queda cuando sabes que te han robado el partido de antemano, mientras sus entrenadores se encaran con el público y el árbitro. Se forma la bronca y no tardamos en asistir bajo la lluvia a una clase magistral del arte del escarnio. Por si fuera poco, el árbitro es una mujer. Nada que ver- y no podría ser de otra forma- con la actitud de los cadetes japoneses del Kioto Sanga, que una vez finalizados los partidos se alinean frente a la grada, aplauden al público asistente, y rematan su despedida con la clásica inclinación nipona de agradecimiento y respeto, a pesar de haber sido, ellos sí, claramente perjudicados por el árbitro. Los aficionados de los equipos vascos, tan competitivos para la fiesta como los niños lo son en el campo para este deporte, se lo pasan en grande dentro y fuera del torneo, pero no dudan en increpar al árbitro después del primer fuera de juego. Por desgracia, en este asunto no se muestran tan creativos como los venezolanos, y recurren a los insultos más típicos y cansinos. El Valladolid logra meter un equipo en una final, sin duda gracias a su afición, la más alegre y cantarina del torneo. Entre su hinchada hay un gran número de madres, tías, hermanas y abuelas, que en todo momento se muestran organizadas en la difícil tarea de animar uniendo voces. Las abuelas y madres del Montañeros de A Coruña tampoco lo hacen mal, y se quejan también, a su manera - muy gallega-, de los arbitrajes. Pero sin duda los más veteranos y experimentados en este tipo de torneos son los familiares de los jugadores del Atlético de Madrid. Van perfectamente ataviados para la ocasión (bufandas, gorros, banderas), tienen además auténticas estrellas en su equipo infantil, y su principal zona de influencia es la larga barra del bar del campo de turno, donde enseguida conocen el percal.

Se comenta en las gradas que, al igual que ocurre en nuestra sociedad, los equipos llamados grandes (los que tienen mayor poder económico) cobran por venir a jugar, y tienen todos sus gastos pagados, mientras que los clubs modestos (los que sólo presumen de humildad) pagan las cuotas de inscripción y financian sus propios gastos.

Una falsa leyenda: las aficiones del R. Oviedo y del Sporting de Gijón no se llevan tan mal como se dice, se entienden bastante bien, sobre todo si sus equipos no se enfrentan entre ellos.

El torneo, definitivamente consolidado, es el motor de la hostelería durante la Pascua. Y es que, sin duda, el fútbol atrae muchos más turistas que todas las procesiones de esta semana juntas.

Las conclusiones son unánimes y claras: los árbitros son muy malos y perjudican a todos los equipos, Oviedo es una ciudad donde siempre llueve, y todos los padres tenemos un pequeño Messi en el campo. Total: 2.400 mini-messis, ¿se imaginan?

Mientras tanto, los niños juegan a la vida con un balón: se divierten, luchan, ríen, obedecen, lloran, se abrazan plenamente felices en la victoria, o se consuelan entre ellos en la derrota. Eso sí, tras el partido, con el refresco y el bocadillo en la mano, todas las penas quedan rápidamente olvidadas. Yo, al final del torneo, un poco empachado, no logro decidirme: ¿es el fútbol el que imita a la vida, o es la vida la que imita al fútbol?

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