Margallo
Margallo es ese señor con la arquitectura de un arrogante general norteamericano de la II Guerra Mundial. De reluciente pelo cano y voz grave. Ése de piel bronceada jamás craquelada. Ése que nos habla de la marca España desde el televisor con los aires y la sabiduría de un filósofo griego. Ése que por su altura de talla siempre nos mira desde arriba. Ése que por su altura de cargo y la inmensa responsabilidad que éste conlleva siempre nos hace sentirnos inferiores. Es esa presencia fija en las fotos de prensa tras los aquelarres con monarcas, jeques, políticos, grandes empresarios y alguna que otra espía. Ese genio capaz de reunir todas las unidades de medida en una sola: marca España. Ese prohombre que relaciona la elección de un Papa, la imputación judicial de una Infanta o el gol de Iniesta con su proyecto personal. Ese vendedor de humo que debería saber que la verdadera imagen de nuestro país es un presidente del Gobierno hablando a través de una televisión de plasma a una habitación vacía. Como si estuviera en una estación espacial a 370 kilómetros de la Tierra. Y aproximadamente ésa es la distancia que existe entre estos señores y nosotros, los simples mortales. Éste es nuestro ministro de Asuntos Exteriores, la imagen allende nuestras fronteras. Éste es Margallo.
También es un precioso vegetal de la familia de las palmeras.
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