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El cante de Orviz

11 de Abril del 2013 - Paco Domínguez (Avilés)

Declaraciones de Orviz ante el informe redactado por el Consejo Asesor del Principado: el coordinador general de IU de Asturias, Manuel Orviz, cuestionó que los académicos, procedentes del ámbito universitario, «siempre apunten a la baja productividad de otros y no a la propia». En su opinión, «estamos ante una crisis económica, política, institucional y ética, y ahí estamos todos».

Se puede estar de acuerdo con Orviz en que el Consejo Asesor del Principado debería, además de la crítica, inspirar algún modelo para el cambio ético-social: está más que demostrado que no sólo con la acusación es posible mudar los malos hábitos políticos. Incluso podemos convenir en lo que tiene de cinismo situar moralmente y de forma corporativista a la institución académica por encima del estamento político criado a sus pechos. Pero ocurre que el consejo de académicos sólo manifiesta hechos que son de dominio público y, esto, por mucho que a Orviz le moleste no se oculta metiendo a toda la peña en el mismo saco: las obligaciones éticas implican a la sociedad en su conjunto pero quienes deben dar ejemplo de responsabilidad, rectitud y respeto a las normas son aquellos que eligieron libremente el compromiso de servicio ciudadano. Como ejemplo de insubordinación a la norma, baste el botón de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo ratificando, en sentencia fechada el 14 de julio de 2011, la anulación del sistema de libre designación de 161 puestos de jefatura de servicio y de área del Principado sin que el fallo surtiera efectos prácticos.

Lo que Orviz intenta ocultar bajo esa dialéctica diluyente es que IU gobernó junto al PSOE en las legislaturas que más evidenciaron el clientelismo político. La formación de izquierdas no sólo no hizo nada para cambiar esta dinámica habitual en los gobiernos de Areces, sino que ellos mismos practicaron el nombramiento dactilar en contra de las sentencias que condenaban tales usos abusivos; eran tiempos de vino y rosas. Además, también es justo decir que los políticos, en general, no se caracterizan por hacer caso de ninguna indicación reformista, sea del carácter que sea, si ello implica pérdida de poder decisorio. Tal parece que el acta de diputado, concejal o asesor viniera acompañada de una superioridad intelectual dotada de inteligencias múltiples.

El señor Orviz pone en marcha el ventilador del excremento para no verse retratado ya que él formó parte de ese contubernio PSOE-IU caracterizado por el derroche, la mentira y la falsa creencia de que las administraciones funcionaban mejor cuanta más deuda adquiriesen; ahora todos somos deudores de esa falacia.

Durante años, Izquierda Unida ha sido, y muchos aún querían seguir siendo, compañeros de viaje de un socialismo degradado ideológicamente, como demuestran, entre otras, las medidas antisociales tomadas en el ámbito de la administración educativa, que ni siquiera gobiernos conservadores de comunidades limítrofes se atreven a poner en práctica. Me refiero al hecho, bien conocido por Orviz, de dejar sin sueldo a miles de trabajadores de la enseñanza en los meses de verano. El profesorado interino es para el PSOE mano de obra barata con la que se puede jugar sin el menor escrúpulo. Menos mal que Javier Fernández es contrario a los recortes sociales, de no ser así, todos con cintura de avispa, excepción hecha de esa sociedad excluyente que conforma la casta política.

No deja de tener gracia que a eso de alcanzar poder ejecutivo junto a los socialistas, su camarada de partido, la señora Laura González, le diera el marchamo de responsabilidad política. Si Orviz, líder de un partido de izquierdas que presume de adalid y guardián de las esencias progresistas, no es capaz de hacer una reflexión autocrítica sobre la perversión política que sufre nuestra comunidad, significa que, o el señor Orviz no conoce a su electorado, o el patrocinador de voces por el cambio está en la línea del gatopardismo, o esta sociedad no tiene remedio, en cuyo caso, encomendémonos al santo de nuestra devoción.

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