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La insoportable levedad del consenso

13 de Octubre del 2013 - Mario Quevedo de Anta (Oviedo)

Hace unos días era noticia un consenso en Asturias. Y eso será bueno; consenso es una palabra amable, comodín.

Personalmente no soy tan entusiasta con los consensos: cuando votamos, individualmente, no lo hacemos para elegir una única voz, sino para apoyar un programa que nos representa mejor que otros. Votamos para que los redactores de ese programa nos den una voz entre las demás. Y luego, dice el manual, la mayoría elegida democráticamente marcará el rumbo hasta las próximas elecciones. No dice el manual nada de silenciar el resto de voces; no dice nada de que los minoritarios dejen de existir, ni mucho menos pasen a ser indeseables o ilegítimos. Entonces, y dado que un consenso es, según la RAE, un acuerdo producido por consentimiento entre todos los miembros de un grupo o entre varios grupos ¿cómo puede un consenso seguir dando voz a los que votaron una determinada opción, y no todas las demás?

Así y todo, seguro que se nos ocurren consensos agradables. Uno bueno: consenso educativo para convertir los centros públicos de cualquier nivel en el orgullo nacional, regional, local. No, no hay consenso educativo. Otro consenso interesante blindaría la sanidad pública de calidad, para todos. No hay consenso. Último ejemplo: un consenso que garantice una investigación independiente y bien financiada. No hay consenso. En Asturias, de hecho, no hay plan de investigación; el último se llamaba 2006-2011.

Pero hay consensos en Asturias: parece que todos los grupos políticos presentes en el Parlamento astur aplauden que los cazadores locales maten lobos; eso sí, donde haya exceso de población. No detalla la versión en prensa qué parte del consenso se ocupa de los intereses de las otras voces. No detalla qué son ni quién evalúa excesos de población. No detalla siquiera qué es un exceso de población para el grupo político al que yo voté en su momento; tampoco para el que votaron los otros. Pero hay consenso. Albricias.

Vaya, un ecologista, simplificará alguien a estas alturas. Porque todo este asunto se suele contar como un conflicto entre ecologistas y ganaderos, trasladando implícitamente el mensaje «Tranquila, sociedad, esto no va contigo». Pues no; para colgarme la etiqueta ecologista tendría que estar por defecto de acuerdo con esa opción política llamada ecologismo, y no estoy dispuesto. Otra posibilidad de simplificación y menosprecio es que tenga el que suscribe un problema con el sector ganadero. Pues tampoco; sólo representa otras voces en este caso.

Mi problema son los que han decidido consensuar semejante basura medioambiental sin preguntarme, de espaldas a cualquier esbozo de respeto por la ciencia y la naturaleza, y de espaldas a cualquier programa político que yo haya podido respaldar.

Enhorabuena, consenso. No nos vemos en las próximas elecciones.

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