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Ramón Martín Mateo: magisterio perenne

23 de Mayo del 2014 - Leopoldo Tolivar Alas

La muerte, ayer jueves, del profesor Ramón Martín Mateo (Villabrágima, Valladolid, 1928) nos ha dejado nuevamente conmocionados a quienes, de una forma u otra, nos dedicamos al Derecho Público y, lógicamente, aún más, a quienes mantenemos impagada una deuda de magisterio en la Universidad.

Martín Mateo, licenciado en Valladolid y doctorado en Munich, fue, antes que un gran profesor e investigador, funcionario local, concretamente interventor municipal en la menorquina Ciudadela. También ejerció en la Administración colonial española en Santa Isabel, Guinea, para más tarde ser nombrado subdirector del Instituto de Administración Local en Madrid.

Su temprana relación con el profesor García de Enterría, que le convertiría en uno de los pilares más sólidos de su Escuela, le inclinó definitivamente hacia la docencia, primero en Madrid y, prolongadamente, en Bilbao como catedrático de Derecho Administrativo y Rector de la Universidad del País Vasco, en unos años de hierro –y plomo– en los que Ramón Martín Mateo siempre acreditó, gallardamente, su apuesta por las libertades, su compromiso social y su lucha contra la intolerancia. De esa etapa vizcaína nos hemos beneficiado cuantos asturianos recibimos el aprendizaje y la tutela de su gran discípulo, el profesor Francisco Sosa Wagner, cuya profunda tristeza me consta en estos momentos, tan agitados por otros motivos bien distintos, para él. Martín Mateo y Paco Sosa formaron un tándem excepcional en lo universitario y en lo humano, de cuyos frutos y generosidad nos hemos beneficiado muchos. Inolvidable, para los estudiantes de Económicas de toda España, fue su conjunto Derecho Administrativo Económico; obra lúcida y, en algunos puntos, premonitoria de situaciones futuras.

Antetítulo: In memóriam

Subtítulo: Rector en las universidades del País Vasco y Alicante

Destacado: Martín Mateo y Paco Sosa formaron un tándem excepcional en lo universitario y en lo humano, de cuyos frutos y generosidad nos hemos beneficiado muchos

En 1982, quizá hastiado de la sinrazón de parte de su entorno, don Ramón se trasladó a la Universidad de Alicante, creada, como la de León, de la que luego sería doctor honoris causa, sólo tres años antes. También en Alicante sería rector y, además de ser protagonista en la planificación modélica de su campus, desplegaría, con una inquietud científica poco habitual en el mundo jurídico, una labor titánica en la construcción y sistematización del Derecho Ambiental, en el que, entre decenas de obras, destaca un Tratado que es obra de referencia que se salta fronteras y, por descontado, el Atlántico. Ramón Martín Mateo había tenido también responsabilidades en Venezuela y Argentina. En Alicante, con Juan José Díez y otros brillantes administrativistas, seguiría formando escuela aunque, por cierto, no hay ambientalista –jurista o no– en este país que no se diga seguidor de sus doctrinas tan ingeniosas y rompedoras con el hieratismo leguleyo como poco dogmáticas y siempre sugestivas. Daba semillas sin cuento para que otros levantaran árboles y hasta bosques.

Consejero de Estado en 1990, dos años más tarde recibiría el Premio Nacional de Medio Ambiente, así como el premio "Rey Jaime I" en el mismo ámbito. Entre sus últimas obras son bien conocidas "La gallina de los huevos de cemento" (2007) y las "Memorias de un ingeniero social bienhumorado" (2005), que es como gustaba de calificarse. A él y al oficio que cultivaba y del que tanto quiso enseñarnos.

Son tantas las vivencias que sus discípulos, discípulos-nietos y amigos compartimos con él que recordarlas ahora sólo serviría para acentuar un nudo en la garganta impeditivo de cualquier comentario digno de la personalidad desaparecida. Le tengo bien presente desde mis inicios académicos y en mis cátedras de Murcia –uno de sus últimos doctorados honoríficos–, de León y de Oviedo. Su simpatía arrolladora, junto a Clarita, su mujer, con estrechos vínculos en Asturias, hacía que en las reuniones anuales de la Escuela de García de Enterría, estar cerca de Ramón se convirtiera en un seguro de gozoso entretenimiento y renovado aprendizaje, porque de todo sabía y no poco.

Cuando a primera hora de ayer la profesora Mercedes Fuertes me comunicó la mala noticia, ya esperada en las últimas horas, comprobé cómo, al transmitirla yo a personas muy jóvenes que se han formado conmigo, la tristeza y la sensación de orfandad académica no remitía pese a cambiar de escalón generacional. Aunque siempre quedará su obra, como una enorme arboleda de especies de hoja perenne. Gracias, Ramón, por haberte conocido y gracias, Paco, por haberme permitido que le conociera.

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