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Con la música a otra parte

1 de Enero del 2015 - Ramón Alonso Nieda (Arriondas)

“La letra es fundamental. Si a una música se le pone un texto, creas un monstruo. Primero la letra y en torno a ella vas creando, dando ambiente a su contenido”, le confía Fernando Viejo a Cuca Alonso en LA NUEVA ESPAÑA del pasado 14. Viejo, que es compositor (aunque por modestia se declare compositeru), sabe de qué habla. Por eso añade: “Lo curioso es que luego la melodía absorbe para sí el protagonismo”. Y esa perplejidad del compositor suena casi como un eco de la pregunta de Tristán en la primera escena del acto III: “Esa antigua melodía qué despierta en mí”.

“Hasta que el pueblo las canta,/ las coplas, coplas no son,/ y cuando las canta el pueblo/ ya nadie sabe el autor”. ¿No queda casi todo esclarecido en esa cita tan certera de Machado? La música de autor, para ser verdaderamente popular, tiene que desandar el camino y encontrar la fuente de la lírica tradicional cuando el poeta, que no sabía contar las sílabas ni tenía nociones de solfeo, creaba al mismo tiempo el poema y la canción que, más que nacer juntos, eran una criatura única.

En “El nacimiento de la tragedia del espíritu de la música”, sostiene Nietzsche que el drama nace y se desarrolla a partir del coro, “matriz musical” del texto. A partir de una hipótesis errónea, el filólogo filósofo encuentra una verdad que no buscaba. Es el impulso musical el que busca la palabra y la modula en canto. Lo que empieza siendo una metáfora, la “matriz musical”, adquiere, al término de la encuesta arqueológica, un sentido radicalmente literal: la melodía más antigua viene del seno materno (Mutterschoss). La música es el arte primordial porque nuestra primera sensación es acústica, y de la música viene el arjé-typo, el ADN sin el cual ningún fenómeno será estético: el primer sonido fue cadencia: la palpitación materna que nutre el cuerpo y despierta la conciencia, el primer sentir.

Esa cadencia original, ese primer a-corde que viene del corazón, eso buscamos en la naturaleza y en la cultura. Y no tenemos ya sosiego ni placer (preludio de felicidad) mientras ritmo, proporción y medida no impongan orden y concierto en el caos de las vivencias. ¿Qué despierta en nosotros la antigua melodía? El primer despertar, el primer sentir. La música primera, “lengua materna” universal. Belleza y placer estético, que Kant decía sin concepto y desinteresados, manera de expresar ese no sé qué de la emoción, en la frontera de lo espiritual y de lo físico.

Toda música auténtica es canción popular e incluso, en un sentido muy primario, canción de cuna. Como los doce villancicos en bable caseru (no de academia) de Olivar, con música de Viejo. Bien lo entendió el público que abarrotaba el Jovellanos y aplaudió a rabiar; feliz de dejarse llevar a esa otra parte. A esa patria (matria) de todos los orígenes (Urheimat), de la que nos tiene desterrados la prosa de la vida. A ese sancta sanctórum del silencio que nos oculta el ruidoso iconostasio de la banalidad. A ese primer compás en aquella soledad sonora donde la música callada, más que contradicción, es casi pleonasmo.

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