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Yo no soy Charlie

19 de Enero del 2015 - Félix Martín Martínez (Oviedo)

Algunos eligen el paraguas de la libertad de expresión para, dando apariencia a una supuesta progresía, tapar sus vergüenzas y debilidades. No cabe todo en el recurso de la libertad de expresión como para que también sea el ariete de los valores más profundos que atesora el ser humano desde el principio de los tiempos, su religión, sea ésta cual fuere.

Tampoco el humor gráfico o la caricatura, por mucho que esté armada sólo con lápiz y papel, puede ser el soporte de la mofa y la befa, del escarnio y la transgresión. La figura de la libertad de expresión ha de tener el límite donde empieza, precisamente, la del vecino u opositor, la del contrincante o hasta la del adversario. ¿Alguien, en su sano juicio, se atrevería a hacer mofa y caricatura de su propia madre, de la vecina o de su jefe por aquello de hacer uso de la libertad de expresión?

Francia ha sido durante siglos el país más colonizador de África, un continente al que ha saqueado y explotado hasta el límite. Tanto así que hasta ha recurrido al pueblo africano para dar cobertura en su propia tierra (la de la egalité, fraternité y no sé qué) a la plantilla de su trabajo más sucio y peor pagado, a cambio, eso sí, de una chabola en un suburbio arrabalero.

A partir de aquí, y tras varias décadas exprimiendo su mano de obra más barata, el resultado son más de seis millones de musulmanes en tierra de nadie que no han sido educados para adaptarse a su nueva tierra prometida.

Pues bien, después de tanto barro, estos lodos. Nada justifica la masacre de una sola vida humana en nombre de ningún dios. Nada. Como tampoco nada justifica, insisto, recurrir a la sátira y la caricatura acerca de cualesquiera de las religiones que la Humanidad ha venido abrazando por los siglos de los siglos, para justificar un progresismo regresista que desprecia, sin embargo, infinidad de recursos temáticos de los que echar mano para rellenar sus páginas. Muy falto de imaginación debe andar el semanario francés de marras como para tener que recurrir a satirizar con la iconografía de una religión que, precisamente, ha obviado dicha forma de representación. Con la que está cayendo en Francia, no digamos a su propio presidente, parece que los humoristas charlinianos no han sido, precisamente, muy originales.

Enorme, no obstante, la habilidad francesa para enganchar del brazo a los más poderosos mandatarios de la Tierra en la supuesta defensa contra el fanatismo musulmán. España no quiso desenganchase de esa cadena humana que, sin embargo, no supo enlazar en ninguna fecha clave del trágico calendario de nuestros último tiempos. El 11-M ha sido el más sangriento.

La “grandeur” francesa ha necesitado minutos para concitar la solidaridad del mundo entero en contra de la barbarie fanática islamista, mientras que a España le ha costado décadas que Europa, la Europa del euro solidario, haya tenido, por fin, la vergüenza de reconocer que el grupo terrorista vasco que no quiero nombrar, es esto, precisamente y no otra cosa. Es decir, un grupo de asesinos que han tenido, curiosamente, Francia como tierra de aposento y acogida durante cuarenta años.

Acabo de regresar de la India y el Nepal, de visitar tropecientos templos hindúes, budistas y mezquitas. En todo momento hice mío el argumento universal de que a donde fueres, lo que vieres. En cada visita, respeté las normas exigidas, con rigor y sin escrúpulos. Nadie me obligó a entrar en aquellos espacios levantados exclusivamente para el recogimiento religioso y no para mi cámara fotográfica. En todo momento respeté hasta el límite las exigencias indicadas, vestuario incluido, por más que alguno de estos requisitos pudieran parecer chocantes y esperpénticos a los ojos occidentales. Nada más lejos de mi intención, en cualesquiera de los casos, que la sátira, la burla o la falta de respeto. Es decir, lo mismo que yo espero de quienes visitan las iglesias de mi religión cristiana. Yo no soy Charlie, ni falta que me hace. Yo me quedo con las caricaturas y los personajes del genial naviego Alfonso Iglesias. Yo prefiero a Pinín, que de Pinón ye sobrín.

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