Credo frente a ciencia
Todo se limita a evolución y percepción, pero hay laicos científicos a los que parece haber tragado un agujero negro: retenidos entre las cuerdas fuera del tiempo, sin ver más que su propia luz. El fanatismo laico y científico resulta tan peligroso, o más, que el religioso; y, si se juntan, pueden destruir al mundo o a la civilización occidental. Mientras unos creen en un Dios terrorífico sin evolucionar en su percepción (pobre Pierre Teilhard de Chardin), los otros creen (al menos los occidentales) que Dios tan sólo es una creación de la debilidad humana. Se comportan como si la ciencia (una herramienta para percibir la realidad de las cosas y poder transmitirlas) fuese Dios, y ellos sus sacerdotes.
Ni Toynbee ni Thomas S. Khun me son absolutamente desconocidos (aunque sólo los haya admirado de lejos en breves encuentros), por otra parte, apenas he sido presentado a teólogo alguno. No obstante, me atrevo a afirmar que el hecho más importante de todo lo que alcanza nuestro conocimiento es: la evolución. Es, precisamente, la percepción de esa evolución la que permite no sólo interpretar la historia, sino estar firmemente convencido de ser partícipe de su transformación. Partícipe de un esperanzador proyecto que va de la oscuridad a la luz, de la muerte a la vida. La semilla no sólo me proviene de la Biblia o del Nuevo Testamento leídos en la infancia, sino también tras la lectura de “Canopus en Argos: archivos” de Doris Lessing (duro e interminable catecismo). Luego Carl Sagan y Ann Druyan la regaron en “Sombras de antepasados olvidados”, y fue brote y promesa de futuro en “Contact”.
Mi preparación tecnológica me permite ver cosas que me maravillan religiosamente: “En el principio era la Nada (más pequeña que la cabeza de un alfiler) y de la Nada surgió el Todo”. El Todo mantuvo su esencia inmutable, expansiva e indestructible; y permanece invariable mientras se transforma. Esa energía se enfría y expande desde el primer instante imponiendo sus mandamientos. Surge la masa con su movimiento como cuerpo (pues la luz, alma de la energía, es espíritu santificante de vida con sus fotones). Todo cuerpo tiene la pretensión de permanecer en su movimiento eternamente: con la misma velocidad, dirección y sentido; pero en su interior lleva la perturbadora gravedad, generadora de campos de fuerza. Esas fuerzas sumergen a los cuerpos en el retardo, la aceleración, o la curvatura; la luz los acompaña: se curva y se crucifica con ellos sin abandonarlos, redimiéndolos.
Esta percepción religiosa de la mecánica es básica, y espero que sea más fácilmente comprensible que la Biblia para un laico. Pero si no es así, que tenga fe, pues es la realidad (más o menos). Más o menos, porque hay otra mecánica (cuántica ella) que sólo es perceptible por afortunados iniciados y, en el frontispicio de sus templos, suelen tener grabado: “Nadie entre aquí si no está dispuesto a perder el sentido común”. No he pretendido perturbar vuestra laica antirreligiosidad y sentido común, ni alargar vuestro pensamiento, pero me atrevo a haceros una pregunta: ¿qué es el tiempo y a dónde nos conduce? Yo, por mi parte, me reafirmo en lo dicho: soy creyente; me maravilla el espíritu que anima tanta evolución y pensamiento, tanta percepción de luz y vida.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

