El orgasmo del alma
Después de una buena ducha sin prisas que no es un acto de aseo sino de disfrute, el
cuerpo, al menos el mío, se muestra propicio para el abandono, de ahí que, a veces, aprovecho el instante de ahuevonamiento para ver si logro darle esquinazo.
Uno de los recursos para ello es acomodarlo en mi sillón favorito. Bueno, calificar de sillón al soporte me resulta un tanto ostentoso, pues no se trata del asiento pretencioso, bien mullido y tapizado cuya imagen nos viene a la cabeza con este nombre, no, es únicamente un bastidor de madera laminada y cimbreante, sustento de una colchoneta que se adapta perfectamente a la postura ideal de mi físico; lo complemento con un banco para reposar los pies en su blandura a la altura correspondiente. Es ésta una posición que el cuerpo no puede cuestionar, a no ser por la maldad que muchas veces parece en él inherente.
Y es que hay cuerpos y cuerpos. Muchos de ellos dan la sensación de ser concebidos para amargarle la existencia a quien con ellos carga, y que hay que pillarlos como a traición, desprevenidos, para lograr los momentos placenteros que en ocasiones experimentas. Desde luego, son tan jodidos que jamás abandonan, ni dejan de poner en práctica, la idea con la que nacen de ir quitándote lo que te dan hasta dejarte sin nada, hasta convertirte en simple tierra.
Lo he dicho muchas veces, por donde quiera que lo mires, ¡qué mal hechos estamos! No podemos experimentar el supremo goce espiritual porque el espíritu no puede existir sin el lastre físico que lo soporta. ¿Para qué vivimos siendo dos si somos uno para morir? Qué química tan retorcida nos ha creado. Nos ha dado ese componente exclusivo, para joder lo indecible todo lo que nos rodea y a nosotros mismos y para que tengamos conciencia, qué sadismo, de que nuestra vida como tal no es diferente de la de cualquier otro ser vivo, se acaba con la muerte.
De ahí mi estrategia, que no es otra que tomar posesión de este asiento capaz de, aunque no pueda cortar totalmente la conexión, eyectar mi cuerpo para ignorarlo y en vida tener un atisbo del cielo que ya muerto no podré experimentar, algo así como un orgasmo del alma.
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