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V Centeneario de Francisco Hernández y Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada

26 de Mayo del 2015 - Inés Illán

En nuestro hiperactivo mundo, ansioso de ilusiones tornadizas, aparecen, en su V Centenario, dos “cisnes negros”: Francisco Hernández (1515-1587), humanista, médico naturalista que, por encargo de Felipe II, encabezó la primera expedición científica a Nueva España; y Teresa Sánchez de Cepeda (1515-1582), escritora, santa. Dos aventureros con experiencia en el amor divino y en la ciencia humana que bien podrían ser puntos de referencia de una reforma del entendimiento necesaria para enfrentar, con dignidad y sin apocamientos, los desatinos que nos desatinan. Teresa y Francisco, una convergencia muy especial en esta hora. Diré algunas cosillas de ambos. Sólo menudencias y boberías de la memoria. Hoy va por Teresa:

Una lectura conflictiva de Teresa de Jesús y efectos colaterales

No soy especialista en estudios teresianos. Mi propósito es declarar una pizquita de lo que la lectura de Santa Teresa supuso para una pollita de apenas 14 años, alumna de Bachillerato, en aquellos años cincuenta de silencios de plomo y duraderos, que hoy son de bulla y mordazas. ¿Lectura conflictiva? ¿Efectos colaterales? Trataré de explicarlo, tal como la mariposilla de la memoria lo trajere al recuerdo. Si logro dar a entender algo, será para mí de grandísima ganancia; y si al lector casual no le incomodo, miel sobre hojuelas.

Instituto Doña Bárbara de Braganza de Badajoz. Curso 1952-53 o ¿1953-54? La profesora de Lengua Española habla en clase de Santa Teresa. Me encandiló y despertó mi deseo de conocerla, o sea, de leerla.

Había en el instituto un recinto noble con vitrinas y libros. Un bedel entraba y salía, de vez en cuando. Un día, lo abordé tímidamente y, a bocajarro: “Quiero ‘Las Moradas’ de Santa Teresa”. Me miró con cara rara: “¡No es para niñas!” “¡Pero yo quiero leer “Las Moradas!”. “Estos libros no se prestan”. Y me mostró dónde estaban los de la santa: en un rincón de una de las vitrinas. Al día siguiente, volví a la carga: “¡Es que quiero leer a Santa Teresa!...” “No estoy autorizado para abrir las vitrinas!” “Pues ¡pida autorización”! “¡Qué niña ésta!” Al cabo de unos días, Pérez, el entrañable cascarrabias, me saca del recreo, me lleva a la sala noble y, abriendo parsimoniosamente la vitrina (nunca olvidaré ese gesto entre molesto y benévolo): “Aquí tienes. ‘Las Moradas’. Quince días”. Supe luego que la dirección del instituto se había reunido para decidir si prestar libros a una alumna de los primeros cursos. Las vitrinas se abrieron para que “Las Moradas” salieran de su escondite y pasaran a mis manos. Un deseo claroscuro, en acción sostenida por una muy determinada determinación, me llevó ¡en qué horita! a lugares insospechados.

Ya tenía mi libro. Esa misma tarde comencé la lectura. Por entonces no solía tener problemas para distinguir el sujeto, verbo, predicado, complemento directo, indirecto; sin embargo, no entendía aquella confluencia de palabras conocidas y otras chocantes, que iban y venían en curvas y revueltas inesperadas. ¡Qué mareo de mareas verbales, sin ganancia ninguna! porque saltaba de una línea a otra, de un párrafo a otro, pero nada. La profesora no advirtió de las dificultades. Ella nos contó de una santa que hablaba con Dios ¡Qué distinto era oír hablar de la santa y escuchar su voz propia! A la semana, devolví el libro. “¿Ya te lo has leído”? “Casi”, le contesté al bedel, echando una mentirijilla. “Deme, por favor, el ‘Camino de perfección’”. Me lo entregó, sin rechistar.

Vuelta a empezar y la misma sensación de extrañeza; sin embargo, notaba por dentro como un cosquilleo, una musiquilla, no sé, algo. Seguro que ese extrañamiento tenía un ingrediente adictivo porque devolví el “Camino de perfección”, que también estaba por encima de mis posibilidades intelectivas, y pedí “El libro de la Vida”. Y entonces, milagro, entendía lo que contaba Teresa: de sus padres, sus lecturas de libros de caballerías, su coquetería, su deseo de aventuras en tierra de moros a morir por Dios, su sensación de estar en pecado por disfrutar tanto con tales lecturas y coqueterías… Eso me resultaba familiar, me resonaba, pero no sabía decir por entonces si yo entendía a Teresa o era ella la que me entendía a mí. Sólo recuerdo que para mí ya no era una santa sino una especie de amiga invisible que me decía cosas de sentido común y otras muy raras, curiosamente las más apetitosas. La retahíla de sus relaciones diplomáticas con la divinidad, o sea, con el lenguaje, me atraía, sin saber por qué. Poco a poco, lo fui sabiendo: me atraía su lucha atrevida con las procesiones de adentro y las de afuera, que transmitía como la cosa más natural del mundo. ¡Qué buen idioma el nuestro! ¡Y qué mujer más brava!

Un día, estaba leyendo ajena al barullo ambiente, como absorta. No podía ser de otra manera, dadas las condiciones materiales y ambientales en que leía: sentada en un sillita baja, en el patio de un piso interior, con unas macetas de pilistras, una artesa de lavar, un sumidero; un trajín de personas que entraban y salían; idas y venidas por la azotea de los trabajadores de una platería; el grupito de mujeres que cosían y cantaban; mi madre yendo y viniendo de la cocina a la artesa o haciendo jabón o probando vestidos; ratoncitos que se paseaban a su capricho, alborotando el patio; la radio; justo el ambiente de recogimiento adecuado para la lectura silenciosa. Mi padre se acercó. “Te vas a comer el libro, ¿qué estás leyendo?” “A Santa Teresa”, le contesté. Y noté que hacía como un guiño a mi madre y, en voz baja, pero que pude oír, comentó: “Los libros de Santa Teresa que quemamos, ¿te acuerdas?” Me sorprendió. Al cabo de unos días, pregunté a mi madre: “No fueron sólo los libros de Santa Teresa, sino otros muchos. Tu padre tuvo que hacerlo. Era peligroso tener libros”. El avisado lector entenderá, pero a una le resultaba aquello más difícil de entender que las divinas conversaciones de Teresa.

La lectura de Teresa de Ávila no fue para mí un camino de perfección sino una constelación de descubrimientos intra y extratextuales de realidades varias: la gozosa del idioma; la escabrosa aventura de leer sin entender pero, de alguna manera, entendiendo; la realidad de lo incomprensible: la quema de libros. Sólo mucho más tarde supe que eso era cosa de la Inquisición lejana y de una guerra reciente.

Fueron muchos los efectos colaterales, a corto y largo plazos, de mi desarmado primer encuentro con Teresa de Ávila. Sólo enumerarlos requeriría muchas columnas de LNE. Los fondos de la memoria son así, necesitan un armario muy amplio. Pero, en este preciso momento, quizás baste con decir que, gracias a las “Moradas”, me siento incapacitada para dar mi aprobación a quienes proclaman que “el miedo va a cambiar de bando” o que poner sobre el tablero ciertas cuestiones conflictivas relacionadas con las mujeres “no tiene potencia política”. No, no y no. La democracia no es para que el miedo cambie de bando, sino para achicar los miedos personales y de bandos. El miedo corroe el carácter, descompone conciencias. A partir de ahí, robos, mentiras y corruptelas hacen su agosto y el invierno de los otros. Nos desahucian.

Hace unos días, mientras aquí andamos ajetreados por ver quién se lleva al gato blanco o negro, con sus ratones, al pozo de urnas, un hombre, en Ucrania, fue crucificado y quemado vivo. Un eurodiputado de nuestra imperfecta democracia, Javier Couso, representante de una formación política del pequeño poder, muy injustamente tratada, IU, ha formulado en Bruselas una pregunta sobre el caso y ha pedido explicaciones. Mi reconocimiento, mi agradecimiento y mi voto será para quienes, con un solo gesto, me devuelven el ánimo y la esperanza. Me representan.

Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada celebra su V Centenario, y yo le deseo felicidades. Es una santa “cisne negro” que trastornará previsiones y cálculos. Es matemático. Ella y Francisco Hernández, ¡menuda confluencia!

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