Esquines: La crisis de la Ciudad Estado o descomposición de un pueblo.
Entre otras consideraciones, su discurso Contra Ctesifonte gana en interés al convertir la praxis política en objeto de reflexión moral. Parte de los dos arquetipos de hombre político: el faccionario y el hombre de Estado. El primero, fiel al guión que exige el pragmatismo político (el fin justifica los medios) y que dicta el oportunismo político y urgido por el interés personal de ocupar el lugar más elevado en la magistratura del Estado, miente a los ciudadanos ("sabe embaucar la mente de los hombres con astucia (...)porque el vulgo siempre se deja llevar por la apariencia...y en el mundo no hay otra cosa que vulgo", escribe Maquiavelo en "El príncipe"), calumnia a su adversario político, traiciona a sus compatriotas buscando el respaldo político de los enemigos de la patria (¿separatistas?), no observa los compromisos contraídos con sus aliados, y como un miserable" se aprovecha de la desgracia de los griegos para alcanzar reputación". En cambio, el servidor de la patria, el político responsable e íntegro, gobierna teniendo como meta lo conveniente para la nación; sus decisiones, aunque acaben con su carrera política por impopulares, emanan del sentimiento de respeto a la constitución y a su país.
El orador dibuja una situación donde el pilar fundamental del Estado, la ley, ha dejado de sustentar la convivencia política. Cuando en nombre de la ley se vulnera los derechos del ciudadano, cuando investido de la autoridad de magistrado se actúa al margen de ella, no puede por menos el ciudadano que sentirse inseguro, viendo como el orden de la legalidad se derrumba y su lugar lo ocupa la iniquidad. No de otra forma sino con pesimismo habla Esquines del presente de la Ciudad Estado.
La desconfianza en el orden democrático se deja ver nada más comenzar el discurso. Las diversas reformas constitucionales introducidas por los demócratas e inspiradas en el igualitarismo son muestras claras del desprecio por la ley. La ironía de Esquines pone de manifiesto que no es, precisamente, el respeto a las leyes y el espíritu de justicia lo que caracteriza la actuación de los jueces:"he venido con la confianza puesta primeramente en los dioses, y en segundo lugar en las leyes y en vosotros... porque pienso -Esquines adula no sin ironía- que ninguna preparación tiene mayor fuerza entre vosotros que las leyes y la justicia". Este debía ser el sentimiento de indefensión en el ciudadano caído en desgracia. ¿Cómo no sentirse indefenso ante un tribunal formado por miembros elegidos no por su pericia en asuntos jurídicos sino por sorteo? ¿Cómo no sentir temor cuando la suerte corre a cargo de la arbitrariedad y de la avidez de espectáculo? No sorprende, pues, que Esquines invoque la memoria de Solón, sabedor de que la irregularidad legal es lo habitual en las actuaciones judiciales:"Yo querría, pues, atenienses, que el Consejo de los Quinientos y las reuniones de la Asamblea estuviesen regidos rectamente por sus presidentes, y que las leyes que legisló Solón...tuviesen vigentes".
Se percibe en su discurso la nostalgia de un orden construido sobre el basamento del "mutuo acuerdo", regido pos hombres justos, y hoy "destruido" por actuaciones "al margen de la ley", magistrados llegados a su posición mediante intrigas y no por su valía, hombres poseídos del interés personal y no, precisamente, llevados del servicio al Estado, y quienes a los que actúan con "rectitud" les hacen objeto de alguna calumnia ("sikophántema"). Es el retrato de los demagogos, sus adversarios políticos, y de Demóstenes en particular.
Juzga Esquine, ante tal estado de cosas, que ni la ley ni los jueces pueden devolver el orden a la Ciudad. El hecho de que la vida política se centre en la actividad de los tribunales, atendiendo al elevado número de procesos contrario a ley, es prueba clara del desorden reinante. Es sabido que todo proyecto de convivencia política, ideado desde la demagogia e inspirado en el igualitarismo, solo se sostiene con el ejercicio del terror. Pero el modelo de Estado griego carecía de mecanismos de control del poder. De ahí que Esquines advierta que la arbitrariedad no solo es propia de la tiranía y la oligarquía, sino que con maneras democráticas se puede caer en los excesos de aquellas. Consiguientemente, si lo propio de la democracia es regular la convivencia ciudadana al dictado de un cuerpo de leyes escritas o constitución, "se mantendría -opina- también a salvo la democracia" cuando los administradores del Estado y de las leyes cumplieran escrupulosamente el juramento al orden constitucional. He aquí la ingenuidad de Esquines, que cree que la concordia política es posible dejando en manos de la asamblea popular y de su buena voluntad los cuidados de la Ciudad y de la constitución, olvidando que a la iniquidad se llega igualmente por el camino de la buena voluntad.
Pretende Esquines desenmascarar al impostor que hay en Demóstenes, hombre llegado a la política no tanto por noble patriotismo como movido por intereses espurios. Para ello, exhorta al auditorio a que, teniendo presente los caracteres que conforman al buen ciudadano, al patriota, analicen en la persona del demagogo qué hay que le acerque a tales criterios. El primero de estos atributos, que "es preciso que el hombre entregado al pueblo disponga", tiene que ver con el respeto a las leyes del Estado; lo que requiere que el individuo se identifique con ellas, las sienta y haga suyas. Otra exigencia, con la que debe cumplir el buen ciudadano, es la necesidad de que éste "sea de natural sensato", para que no haga un uso indebido de los impuestos de los contribuyentes, así como "mesurado" en su vida privada, para así servir al Estado, sin buscar en ello el enriquecimiento personal o verse convertido en traidor por venalidad. Pero no solo son necesarias las buenas maneras, también se requiere talento que le permita discernir, llegado el momento de tomar decisiones, lo conveniente de lo que no lo es para la Ciudad, así como la "formación" o la pericia exigible por la responsabilidad del cargo para el que ha sido elegido.
Esquines reprueba la ligereza y la prodigalidad del Estado concediendo honores. La misma recompensa se desdora al otorgarse sin ser sobresalientes los méritos. Se pierde de vista, por ello, la finalidad para la que fueron instituidos, a saber, fomentar las virtudes ciudadanas; también, conduce al desánimo a los espíritus notables, que pueden comprobar cómo es premiada la vileza en detrimento del vigor moral ciudadano, y cómo se va engrosando las filas de parásitos sociales que, sin esfuerzo, consiguen cobrar de por vida del erario público, la "manutención en el Pritaneo". Llegados a esta suerte los valores cívicos más apreciados por los antepasados, queda descolorido el valor del propio esfuerzo encaminado a la consecución de fines nobles. Con tanta prodigalidad, los ciudadanos sólo tendrán por arquetipos a los oportunistas e intrigantes, en cuyas manos ha quedado el destino de la Ciudad. Cuando no es, precisamente, la valía personal acreditativa, no puede sorprender que la vileza reine en todos los órdenes de la vida institucional.
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