Lo heroico

7 de Noviembre del 2015 - Juan Antonio Sáenz de Rodrigáñez Maldonado (Luarca)

La libertad, objeto de convicción del reformista, conservador y democratacristiano, es la misma libertad objeto de convicción entre los miembros de la tribu de Israel, cuando deciden escapar del despotismo teocrático mesopotámico. Aquellas gentes, conscientes de su ser libre -don llegado del Hacedor y no de la naturaleza (physis)-, recibieron la revelación de que la libertad había de ser el otro principio rector de sus vidas (Hizo Yavé Dios brotar en el medio del jardín el árbol de la ciencia del bien y del mal. G. 2. 9). Esta conciencia de sujeto moral (Del fruto de los árboles que están en medio del paraíso si coméis se os abrirán los ojos y seréis conocedores del bien y del mal. G. 3. 2-6) lo es de la única creatura que ha roto el cordón umbilical con la Pacha-Mama (Con trabajo comerás de la tierra Con el sudor de tu rostro comerás el pan Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén, a labrar la tierra G. 3. 17, 19 y 24), sabedora de su condición de caminante y de que sólo a ella le compete orientar cada paso de su caminar. Esta conciencia fue la que inspiró a los padres fundadores de la Nación Norteamericana (U.S.A.), conciencia que elevaron a rango de pilar constitucional, de regla de juego igual para unos y otros: Todo ciudadano es libre para buscar su propia felicidad; porque, piadosos observadores de la Voluntad del que Es y decididos a fundar una nación de hombres libres, sólo aspiraban para ellos y los suyos ser dueños y señores de sus vidas.

Esta conciencia de sujeto moral me advierte, en cada una de mis decisiones, de que no vale cualquier paso, sino tan sólo el que se orienta en la consecución de la Justicia frente a los abusos del poder, de que no debo desoír la llamada a la Compasión y, así, evitar caer en el horror de la indiferencia ante el dolor del prójimo (Porque yo soy caritativo de mío y tengo compasión de los pobres, Cervantes). Esta conciencia moral dicta el imperativo de la busqueda de la Verdad frente a la servidumbre en la mentira, el de la Caridad frente a la intolerancia, así como el alcanzar el reino de la Ley, ante la que todos somos iguales. Visto así, esta conciencia se manifiesta a ese mí mismo, que soy yo, como imperativo moral: una conciencia que no admite trampas y, a su vez, rehúsa el rodeo para subir al asiento de la inmortalidad (Cervantes); que se guía por la obra de los caballeros, los magníficos, los generosos (Cervantes); que es su compromiso con las víctimas de injusticia y su acción satisfacer agravios, enderezar entuertos, castigar insolencias, vencer gigantes y atropellar vestiglos; es la conciencia que se marca como guía y meta los buenos fines, que son hacer el bien a todos y mal a ninguno" (Cervantes).

Si no admito la acción del Hacedor que, en su bondad infinita, me ha hecho a imagen y semejanza suya y partícipe de su ser, entonces, ¡nihilista de mí!, la libertad sólo cabe pesarla como mera ilusión, fruto de una disfunción cerebral, y como engaño ideológico pequeñoburgués. ¿Cómo, pues, hablar de libertad, cuando toda mi realidad es un producto de la naturaleza, cuando es el caso que ésta está sujeta al imperio de la necesidad? En el orden de la necesidad no puede tener su origen la libertad; sólo me cabe hablar de fatalidad y tragedia existencial. Mas es el caso que mi vida se me hace patente como drama, vocablo cuyo significado etimológico es acción y tarea. Hablar del drama de la vida es admitir que en cada uno de nosotros hay un ser sujeto de acción, de tarea. El animal, en cambio, es bestia de reacción, porque, tiranizado como lo está por los estímulos, alienado y enajenado entre cosas como una cosa más que es, sin hiatus entre él y la respuesta al mundo de los estímulos, no cuenta con una guarida dónde retirarse, retrotraerse a la reacción; porque, en fin, no le es dado ser sujeto de acción, sino de reacción. El animal, sin vida propia, sin intimidad, sin mismidad, sin ser propio, existe entre cosas. Eso significa existir: estar ahí entre cosas, atrapado entre ellas, siendo una cosa entre cosas, perdido entre ellas; pública existencia sin más. Es ahí la razón por la que el animal no tiene ser, no tiene una vida-tarea que deba hacer para sí mismo. El bruto está hecho como las otras cosas que existen, es realidad acabada; tiene, sí, naturaleza, no, en cambio, ser. Y he aquí el error del ateo Sartre: si el hombre es primero existencia, no puede tener ser; pues, como existencia no le es dada una vida que hay que hacer, no le es dada una vida-tarea. Si somos primero y principalmente existencia, entonces estamos ahí en el mundo de las cosas, y estar ahí es, por definición, ser cosa y como nuestras compañeras y soldados (en solidaridad) a ellas, no otro modo puede ser nuestra realidad que el estar determinada por las fuerzas que todo lo gobiernan en el reino de la physis. Existir, pues, es lo ya hecho, modo propio del estar ahí de la cosa; y en cuanto estar ahí hecho, al existente no le es dado el inventarse, vivir. Y como éste era el entender del griego, el pagano concibió su vida como tragedia, esto es, marcada por fuerzas no nacidas de él, sino de voluntades ajenas, de cuyo influjo no puede fatalmente sustraerse: fatalidad, azar, necesidad. Es esta la razón por la que no le fue dado alcanzar la conciencia de la libertad como el modo de ser propio de un sujeto moral. La libertad la entendió sólo como el facultad de ejercer de déspota con su vecino. Así entendieron la democracia los griegos: como la acción despótica del populacho, a imagen y semejanza de cómo la ejerce el tirano o los oligarcas.

Diferente es el sentido dramático de la vida, concepción genuinamente cristiana. Drama es vivir en soledad: Entonces vino Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní y les dijo: Sentaos aquí mientras yo voy a orar, (Mt. 26. 36). Así es, en soledad se ha de estar para ensimismarse, esto es, hablarse a sí mismo (orar) y poder decirse qué se va a hacer con la propia vida. Este hombre, el que ha de tomar la determinación más radical y última, la de adelantar la hora, es el que, abrazado a su soledad, zozobra: comenzó a entristecerse y angustiarse. Entonces dijo: triste está mi alma hasta la muerte, (Mt. 26. 37-38). Escribe Sartre: El infierno es el otro. Efectivamente, a quien se acerca la hora, mientras agoniza, mientras naufrago bracea, asirse quiere a lo que más ama, en el empeño de que algo de sí mismo quede en ello o robarle a esta vida algo de lo que más se ha amado, para llevarlo consigo. Es, en este preciso momento cuando el rostro humano presenta su más aristado perfil: convencido de que estaba en compañía de sus amigos más amados, viniendo a los discípulos, los encontró dormidos, (Mt. 26. 40). Mas, el pondus dramático lo hallaremos en la elección de lo que se debe hacer, sin rodeo, sin trampas: Padre mío no se haga como yo quiero, sino como quieres tú, (Mt. 26. 39). Ante los abusos del poder, la injusticia, la intolerancia no cabe la retirada cobarde: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero (Mt. 26. 39). Frente a los pecadores (Mt. 26. 45) y su ejercicio despótico del poder, el deber moral obliga a no bajar la guardia (Velad, Mt. 26. 41), y a no ceder ante el mal: orad para que no accedáis a la tentación (Mt. 26. 41). Humanamente heroico, el Nazareno hace suyo el dolor del que, en soledad y traicionado y negado por los suyos, sufre la intolerancia, la persecución, la prisión, la vejación, la tortura y la muerte. Privilegio tremendo -escribe Ortega- y gloria de que el hombre goza y sufre por veces, el de elegir la figura de su propia muerte: la muerte del cobarde o la muerte del héroe, la muerte fea o la bella muerte.

Lo relevante del Nazareno es, en este aspecto en el que he centrado la atención, pues son también otros los relevantes, su posición de contra-poder frente al déspota (pecador).

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