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Bataclan mon amour

17 de Noviembre del 2015 - Dalia Álvarez Molina (Oviedo)

El pasado miércoles 11 de noviembre fue fiesta en Francia. Como todos los años, desde el final de la I Guerra Mundial, se recordaba el armisticio que ponía punto final a esa contienda bélica. En las escuelas francesas es habitual explicar siempre a los alumnos la razón por la cual ese día no hay clase y los padres no trabajan. Las estampas de los que se enrolaron entusiasmados en agosto de 1914, así como la de los supervivientes que volvieron victoriosos, pero destrozados y cabizbajos cuatro años más tarde, suelen estar presentes en todos los manuales. Irónicamente, este año, apenas dos días después de esa pausa conmemorativa, los parisinos han vivido en viernes y 13 una pesadilla macabra que muchas otras poblaciones de países más alejados viven casi cotidianamente sin tanta publicidad. Balas, sangre, llanto y miedo se apoderaron de varios lugares de la capital francesa y de sus alrededores, y surgía la pregunta: Au nom de quoi? (¿En nombre de qué?) en muchas de las notas dejadas por los ciudadanos anónimos que han ido depositando flores o velas en los escenarios de los tiroteos.

Desde las calles Alibert, Bichat, la Fontaine-au-Roi, hasta la avenida Voltaire, recorrido sangriento de los asesinos, se baja hacia el Canal Saint-Martin, donde los niños -como Amélie- siguen tirando piedras al agua y viendo pasar las barcazas entre las esclusas. No es un barrio cualquiera, y no ha podido ser elegido al azar por los que siembran el terror. Es una zona muy popular en la que a lo largo de las décadas se han ido asentando las sucesivas oleadas de inmigrantes: judíos de Europa central, italianos, españoles, portugueses, magrebíes, eslavos, africanos subsaharianos, etcétera. Pasó de ser un barrio obrero en la época de la Comuna de París, en 1871, a ser pobre por el abandono al que muchos grandes propietarios condenaron a la mayor parte de sus edificios. Ahora se ha convertido en un crisol de nacionalidades, refugio de artistas, y nada constituye una mayor afrenta para los amantes de lo homogéneo que esa diversidad. Bares, música, alegría y libertad personal en el disfrute molestan a los fanáticos y los impulsan a matar.

La apoteosis sanguinaria tuvo lugar, sin embargo, en el Bataclan, una sala de conciertos que debe su nombre a una opereta del músico que amenizó la época del II Imperio. En el Ba-Ta-Clan de Offenbach, un personaje viaja a un país lejano e imaginario para urdir un complot y derrocar al rey. ¿Lo sabrían los asesinos? ¿Conocerían los carniceros el origen subversivo del lugar en el que dispararon a ciegas y formaron en filas a quienes iban a ejecutar? Puede que sí, pero no creo que hayan sido conscientes de que ese lugar fuera encuentro durante décadas de extranjeros que acudían a los bailes, en el que muchas parejas se dieron el primer beso. Ese templo de la inmigración, ese lugar donde mitigar en algún grado la morriña, es ahora una sala en la que un público variado, y mayoritariamente joven, se reúne a escasos metros de la plaza de la Bastilla para disfrutar de música y espectáculos en directo. Unas posibilidades de diversión que no pueden soportar quienes se han erigido en guardianes de esa moralidad intransigente que tan bien refleja la película franco-mauritana "Timbuktu", de Sissako.

La solidaridad con todas las víctimas civiles de agresiones no debe hacernos perder de vista la dimensión simbólica de lo ocurrido en Francia. No, no ha sido un atentado cualquiera. El núcleo mismo del París de la Revolución francesa ha sido atacado. Los criminales eligieron las calles del este de París, aquellas que los políticos de orden siempre miraron con recelo y antipatía, las que describió Víctor Hugo en "Los Miserables", los barrios populares, las avenidas por las que desfilaron quienes por primera vez colgaron de sus camisas las escarapelas tricolores y cantaron la Marsellesa. A finales del siglo XVIII se defendieron en París los lemas de Libertad, Igualdad y Fraternidad, no siempre aplicados, desgraciadamente, y estamos ahora condenados a luchar por lo mismo, aunque la batalla se disfrace de guerra religiosa. Desde la Edad Media la capital francesa ha hecho buena la frase que adorna su blasón: Fluctuat nec mergitur (Es sacudida por las olas pero no se hunde). Así se lo deseo al país vecino, a la República francesa y a todos cuantos sufren parecidos crímenes, ya que, como advertía Albert Camus, buen conocedor de la violencia y del terror: cualquiera que sea la causa defendida, ésta siempre quedará deshonrada por la masacre ciega de una multitud inocente si el asesino sabe que sus balas alcanzarán fatalmente a la mujer y al niño.

Todo esto se lo contaré a mis alumnos en mis próximas clases. Es la única arma de destrucción masiva de la que dispongo contra el fanatismo, y espero poner así mi granito de arena en la formación de espíritus críticos que se atrevan a defender su propia libertad y la de los demás. Además, no puedo olvidar que a escasos cien metros de donde cayeron las primeras víctimas viví mis primeros diecisiete años.

Dalia Álvarez Molina, profesora de Filología Francesa, Universidad de Oviedo.

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