Memoria de un anciano
Recuerdo aquellos años cuarenta, cincuenta, sesenta. Reconstrucción material, pobreza, racionamiento, silencios llenos de expresión, rencores amortiguados por el hambre, Iglesia cuadriculada y descolocada, obediencia oficializada, miradas necesitadas de comprensión, chapas de madera y carbón, calefacción de camas pobres, verdes, grises, obreros, comerciantes unidos en el dolor y en la esperanza,
Dios era Dios, el caudillo era el caudillo y todos los demás éramos materia prima para el desarrollo.
Como en una hibernación, el sentido común se conservó en el interior de todo hombre de bien.
Llegaron los años setenta y ese sentido común se hizo adulto y aprendió a hablar, a dialogar, a reflexionar, aprendió a reconocer su pasado, a examinar su presente y a pensar cómo construir un futuro para los demás.
El sentido común comenzó a andar y, a pesar de la tibia tartamudez de los personalismos egoístas, aprendió a conversar despacio, aprendió a escuchar tranquilo, aprendió a ser uno más, ni el más bueno ni el más malo.
El sentido común se fue haciendo mayor y el tiempo quitó caretas, comprendió el dolor, pero también consintió el pillaje de ilusiones.
El sentido común sólo cometió un fallo: no preparar su jubilación, no madurar su herencia.
El sentido común murió, al poco tiempo, de pena.
Los herederos, sin sentido de familia, celebraron el duelo y, apresurándose, hicieron la partición, los bolsillos se convirtieron en alforjas, sus miradas fueron de soslayo y volvieron a tartamudear para hacer difícil la comprensión.
Sánchez, Rivera, Iglesias, Rajoy. ¿No les recuerdan algo?
Ángel Alonso Pachón
Avilés
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