Crueldad intolerable
Es imprescindible romper el silencio cómplice, el silencio que nos hace dudar, girar la cara, no movernos, no reaccionar positivamente. La violencia de género nos afecta --tiene que afectarnos--, a todos. La sociedad debe implicarse: las personas que rodean a las víctimas, su familia, vecinos, amigos, el entorno laboral, en fin, todos sin distinción. La batalla contra el maltrato, nos requiere a todos las personas bien nacidas.
En los once mese que llevamos de 2016, 40 mujeres en España han resultado muertas a manos de sus maridos o de sus ex parejas. De ellas solo 16 habían denunciado al hombre que las mató, pero ni siquiera en estos casos fue posible evitar la mortal agresión. El constante goteo de estas salvajadas pone en evidencia las fisuras que exhibe la Ley integral contra la violencia de género del 2004, sobre todo a la hora de detectar y prevenir situaciones de riesgo que derivan en tragedia en la mayoría de los casos.
Es precisamente en el ámbito de la prevención, donde las carencias son aún mayores y por ello son dignas de aplauso iniciativas como la de adjudicar perros guardaespaldas a mujeres maltratadas y amenazadas como elemento disuasorio de nuevos ataques.
En todo caso, la educación es fundamental. No puede ser que una de cada tres jóvenes considere aceptable que su pareja la controle o que muchos adolescentes opinen que los celos son una expresión normal del amor.
Con frecuencia, las mujeres que soportan la violencia de su compañero entran en un bloqueo psicológico que les impide ver su cruel realidad, solicitar ayuda o denunciar. Es ahí, cuando el entorno familiar y de amistades de la víctima debe actuar al detectar los primeros indicios.
Insistimos, el terrorismo doméstico nunca puede ser un asunto privado. Por tanto, nada de paños calientes, y desde luego, tolerancia cero.
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