Comer el dinero

6 de Diciembre del 2016 - Fernando Martínez Álvarez (Grado)

Desde 1888 las cosas han cambiado mucho. En ese año del siglo XIX se publicó en Londres El origen de las especies de Charles Darwin, cuya teoría de la evolución contravenía la ideada y sostenida por el arzobispo de Armagh, James Ussher, quien mediante una serie de complicados cálculos místicos había conseguido fijar la fecha real de la creación de la tierra en el anochecer previo al domingo 23 de octubre del año 4004 antes de Cristo, a las dieciocho horas exactamente. Admitida como verídica, esa extraordinaria declaración se imprimió en los ejemplares de las Biblias que circulaban en aquella época decimonónica.

La teoría evolutiva de Darwin fue el detonante para hacer inevitable la explosión que supuso el choque de sus argumentos zoológico-evolutivos contra los reaccionarios e inamovibles de las creencias religiosas imperantes.

Aún hoy, en el siglo XXI, podemos asombrarnos con la cerrazón de algunos grupos ultraconservadores que vetan el acceso de los jóvenes en su educación a puntos de vista abiertos, independientes y basados en la ciencia y sus descubrimientos.

Dejando aparte las discusiones de índole moral o religiosa que los descubrimientos de Darwin vinieron a suscitar, lo que es cierto es que, en síntesis, él únicamente apuntó que los seres evolucionan según su capacidad de adaptación, y que aquellos que no pueden hacerlo sucumben. Es decir, que las circunstancias externas, sean cuales sean, motivan ciertos cambios en los individuos. Y esos cambios causan que los que no consigan corregir o variar sus aptitudes para adecuarlas a las nuevas exigencias no puedan sobrevivir.

Dentro de no mucho tiempo, la especie humana proporcionará pruebas empíricas de que eso ya no será del todo así, pues se habrá de establecer la consideración de un nuevo factor: la capacidad económica.

La riqueza personal de un individuo será un nuevo agente determinante para la supervivencia de las personas en el mundo que, a menos de veinte años, nos esta esperando en el futuro.

Sin pretender ser agorero: veinte años es el lapso máximo de tiempo que las estimaciones de los científicos mas optimistas fijan como plazo para llevar a cabo las acciones que puedan parar el desastroso y hasta ahora inevitable proceso del calentamiento global.

El efecto invernadero continúa produciendo de manera creciente sus adversos resultados de elevación de la temperatura, y este cambio climático parece que será imparable mas allá de esos cuatro lustros que científicos cabales estan pronosticando.

El alegre y despreocupado mangoneo para variar las condiciones químicas naturales de nuestra atmósfera hará que allá, en ese cercano futuro a veinte o treinta años vista, puedan sobrevivir solamente aquellos a los que su economía les permita escapar de las zonas anegadas por la subida del nivel del mar, huir de asentamientos en climas tórridos y desertizados, apartarse de zonas con tornados y ciclones, abandonar lugares de recursos hídricos escasos o agotados, desechar el lugar de residencia por peligro de inundaciones por los temporales de lluvias, ingerir comidas sanas y de calidad sin contaminantes industriales y tratamientos químicos...

Así las cosas en porvenir tan cercano podemos continuar personificando a la avestruz, y auto-convencernos de que da tranquilidad sentirse protegido por nuestro gobierno Universal, (el de las Naciones Unidas), Continental, (el de la Unión Europea), Central, (el del Gobierno de España), Autonómico, (el del Principado de Asturias), el de Mancomunidades, Ayuntamientos, Parroquias Rurales...

Gobiernos que piden concienciación y colaboración ciudadana para disminuir los niveles de dióxido de carbono emitido; que utilicemos más los servicios del transporte público; que conduzcamos de manera mas responsable y respetuosa con la atmósfera; que procuremos no sobrepasar las tres mil revoluciones por minuto en el régimen del motor de nuestro vehículo..., pero que son incapaces ellos mismos de cumplir las limitaciones firmadas en los compromisos internacionales de Ginebra 79, de Toronto 88, de Río de Janeiro 92, de Berlín 95, de Kyoto 97, París, Marrakech...

¿Por qué será tan trabajoso ponerse de acuerdo para hacer lo preciso?

Gobiernos que sacan pecho ante los medios de comunicación con medidas fútiles, como la prohibición europea de las calderas de carbón; mientras nuestros movimientos viajeros de turismo masivo, promovido desde programas turísticos oficiales de las distintas administraciones públicas, difunden por los cielos las lesivas emisiones de gases del carburante de nuestros presurosos vuelos a todo destino imaginable. Gobiernos solicitando a los ciudadanos una especial atención en el ahorro de combustible, pero imperando la máxima de si puedes pagar, gasta. Nos alientan a ser parcos en el consumo de gasolina, pero nos llenan las retinas con imágenes del circo de las competiciones automovilísticas de velocidad y sus mangueras de diámetros caudalosos y carburante a presión.

Gobiernos que apelan a nuestro sentido protector, a nuestro compromiso ecológico para solicitarnos militar en la filosofía omnipresente del amarillo/plástico, azul/papel y el cartón y el vidrio al contenedor verde. Pero enriquecen, a nuestra costa, a las empresas concesionarias del reciclado: patrocinando la publicidad concienciadora oficial y excluyendo el pago de un solo euro por la mano de obra separadora. Consiguiendo así un acopio clasificado de esa materia prima que son nuestros desechos de forma totalmente bíblica: como maná les cae del cielo.

Y nosotros individuos sumisos, manejables, hábilmente dirigidos y esclavos sin consciencia de serlo; conducidos por mentiras maquiavélicas para que militemos al servicio del interés de los poderosos.

Un planeta azul que empeora con una enfermedad que se agrava, sin restar tiempo apenas para una acción en toda regla. Los cuidados paliativos están ya desaconsejados. Sólo una intervención de urgencia resulta viable.

Pero el sistema continúa su ansioso devorar: El ambiente esta bien, lo que no puedes destruir es el negocio, proclama Donald Trump.

La mentira de la sostenibilidad nos ha engañado durante dos décadas. Finalmente, acabamos por darnos cuenta de que esa sostenibilidad que se nos predicaba no era la de la naturaleza a costa de una actividad económica regulada, sino la sostenibilidad de una economía a toda costa, incluso de la naturaleza.

Muchos humanos no seran capaces de evolucionar para superar los cataclismos por venir y establecerse en el nuevo orden que se propiciará. Pero no por carecer de las aptitudes físicas potencialmente viables que Darwin apuntó, sino por no poder pagar. Por carecer de dinero.

Mas allá del desastre ambiental que parece vislumbrarse en el horizonte de un futuro próximo, el dinero será finalmente el elemento diferenciador requerido para la supervivencia.

Cuando el hombre haya talado el último árbol,

Cazado el último ciervo,

Pescado el último pez,

Contaminado el último río...

Se dará cuenta de que el dinero no se puede comer.

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