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La amoralidad del sistema sanitario

27 de Diciembre del 2009 - Rubén Villa Estébanez (Oviedo)

Soy médico de familia ante todo, pertenezco a una generación que ha dado muestras de su compromiso con el sistema público de salud, implicada en la docencia, en proyectos y comisiones de calidad e investigación, que cree en el currículo como vía de progreso profesional; que conoce la mayoría de los consultorios del área a la que está adscrito; gente tranquila, que desea el progreso de la sociedad sin sobresaltos; con un alto grado de precariedad laboral; que aprovechó la primera oportunidad de mejorar su vínculo laboral con el Servicio de Salud a través de superar la única oposición para médicos de familia que ha convocado el Principado de Asturias desde las transferencias sanitarias, y cuya propuesta de nombramiento se elevó a la Consejería de Administraciones Públicas en agosto de 2009. Desde entonces, esta Consejería no ha sido capaz ni de presentar las vacantes convocadas, ni los plazos de incorporación, retrasándolas sin motivo aparente.

Ahora resulta que compañeros que en su día eligieron libremente estatutarizarse con vistas a cobrar pingües beneficios económicos de la carrera profesional, al llegar su edad de jubilación, solicitan el reingreso como funcionarios públicos y pasan a ocupar aquellas plazas que estaban destinadas al concurso-oposición desde la oferta pública de empleo de 2006. Posiblemente sea legal, pero sucio y nunca lícito.

Creo que el sistema público de salud tiene ya tantas costuras y heridas que se va a romper en cualquier momento, si no es que ya se ha roto. Por ello debe acabarse el gremialismo, llamar a cada uno por su nombre y evitar esas hordas de mediocridad y mala gente que nos rodea.

Se debe fomentar la equidad profesional como principio: a mismos derechos, iguales obligaciones, único salario; acabar con los privilegios exclusivos de unos pocos y que la organización descanse de forma igualitaria en todos los profesionales. Y si pese a ello las bondades y privilegios de la organización siguen siendo exclusivos de una parte del personal, las obligaciones deben ser al menos igualitarias.

Decía Al Capone: «Hoy en día, ya la gente no respeta nada. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas».

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